Cali ¡Boom!

Cali ¡Boom!

Fotografía: María Arango y Neferthy Delgado

La vida nocturna tiene diferentes matices e interpretaciones según tu estrato, gustos musicales, ingresos económicos, preferencias sexuales, oficio, formas en las que te diviertes, gente con la que andas, condición social, el lugar que habitas, en fin, tu maldito estilo de vida. 

En  Cali, en aquella ciudad del suicida de Andrés Caicedo, aquella urbe que algún día se creyó muy cívica y pudiente, donde un montón de ‘hippies’ quisieron crear cultura pero los narcos y la corrupción la descompusieron, la vida nocturna es bien curiosa. 
Hace poco, me embarqué con varios personajes a explorar los diversos lugares de la rumba, mirar a fondo aquellas calles donde suceden tantas cosas y observar a los seres de la noche.

I

‘Rodrigo’

La calle Sexta, la famosa zona rosa de la ciudad, es un lugar que te puede llegar a helar los huesos con imágenes, con las que durante noches no podrías cerrar los ojos… Diversos hombres vestidos de mujer con tacones y llenos de maquillaje barato; ‘dealers’ que antes se dedicaban a robar y prostitutas en descomposición -debido al trajín de las drogas, la noche y una que otra enfermedad del pasado- son los seres que te abordan si pasas caminando por aquel lugar. Aclaro que no se te acercan a hacerte daño o a robarte. Lo que quieren es un poco de tu alma, de tu tiempo, de tu dinero, de tu decencia, si es que aún la conservas, a cambio de sus servicios. ¡Pero hey! no los puedes torear, si te llegan a decir algo simplemente sonríe, diles gracias y miénteles agregando que después…

Rodrigo, según él, siempre fue una mujer encerrada en un “monstruoso” cuerpo de hombre. Desde pequeño – pequeña, sentía que no encajaba y odiaba a los niños que lo llamaban “mariquita”. Cómo no tuvo una figura paterna en su casa, porque su padre lo abandonó antes de que él naciera, su niñez la pasó entre “las faldas” de las mujeres de su familia. Rodrigo no terminó el colegio, no se puso a trabajar si no que se la pasaba midiéndose los vestidos de su mamá y soñando con Madonna. Ídolo que todas las noches trata de imitar en lo que él llama “su trabajo y hobby”. Rodrigo es un travesti de la Sexta que desde hace diez años, desesperado por no tener dinero y no poder ser la mujer que debía ser, decidió pararse con algunas “compañeras” en aquella maldita calle a satisfacer los deseos sexuales de muchos ciudadanos.

Con el dinero que ha ganado a punto de poner el culo (literalmente), ha podido salir adelante, sostener a su mamá y darse ciertos lujos necesarios, como el colágeno y las cirugías clandestinas que lo hacen más mujer; aunque no se decide a rebanar ya saben que.

Rodrigo como muchas personas transexuales no escogió nacer así. “A veces -me confiesa con un poco de pena- quisiera ser lo que la sociedad llama “normal”. Pero su naturaleza no se lo permite, él terminó haciendo y siendo lo que le gusta. Aunque piensa en la vejez y siente miedo porque sabe que no siempre será igual. Llegará un día en que mirará atrás y querrá haber tenido hijos, una familia, un trabajo en una oficina, un oficio donde no se haya sentido sucio – sucia.

Rodrigo se mete un pase de perico, me mira feo y me echa diciéndome que me largue, que ya no va a hablar ni mierda. Le insisto que quiero seguir con la crónica, que se calme. Empieza a gritar como un loco, sus “compañeras” vienen corriendo preguntando qué pasa; salgo disparado queriendo nunca volver y preguntándome ¿por qué diablos me dio por entrevistar a este man?

II

‘La fuente’  

Cerca de la calle Sexta, hay un sitio que odio llamado ‘La Fuente’. La primera vez que fui lo hice hace cuatro años. El lugar olía a orines, era sucio, oscuro y puros viejos decadentes tomaban cerveza y bailan salsa de la ‘Old School’. Fui por culpa de unos melómanos de mi edad que al no tener viejas y para aliviar su fracaso social se echaban el pajazo mental, diciendo que iban a oír salsa y tomar cerveza a precio de estanco. El lugar me pareció tan soso y aburrido que no quise volver. Pasarían años para que una noche regresara con una tonta que me obligó. El panorama había cambiado. Ahora puros hippies, alternos, locos, seudoartistas, intelectuales, comunicadores o humanistas -como los quieran llamar- habían invadido el lugar. Toda la cuadra era llena, los jóvenes bailaban en el andén, discutían sobre cine, la Sonora, la Fania, el presidente ‘paraco’ y otro montón de trivialidades. Algunos estudiaban conmigo. 

Comencé a observarlos y caminar entre ellos. Ya el olor a ‘miados’ había sido reemplazado por uno a sudor y marihuana. Ese sudor de artista barato, de comunicador de cuarta, de realizador audiovisual empedernido que no llegará a nada.  Divisé algunos profesores que se niegan a envejecer con sus pupilos lameculos. Luego a los pobres viejos medio tristes por ser invadidos, pero a la vez felices por “morbosear”  a las “muchachas” que se atrevían a bailar en tan desagradable tienda. Salí corriendo hacia la calle con ganas de vomitar. Luego observé las chivas que siempre pasan por el lugar, deseé que a una de ellas le fallaran los frenos, se estrellara contra todos y acabara con mi miseria. 

III

‘Besos’ 

Llegué a Bamboleiro, una de las discotecas más concurridas de la ciudad. Sonaba un merengue y el lugar estaba lleno de gente. Mi amigo, un joven de mucho dinero andaba con tres ‘cyborgs’ (mujeres que se han sometido en un gran número de cirugías estéticas para mejorar sus atributos corporales). Tenían cerca de  27 y 30 años y la palabra ‘sexo’ se podía leer en sus frentes. En el lugar, como siempre, uno podía ver la gente de todas las noches. Jóvenes (como mi amigo) que quieren ser traquetos; niños bien, narcotraficantes de verdad y uno que otro ‘guasampiro’ de esos que aman bailar bachata (entiéndase por ‘guasampiro’ un personaje ordinario y descarriado). 

Me acomodé en la mesa, de inmediato las hembras me ofrecieron trago y una se me sentó al lado. En ese momento tuve mis sospechas. ¿Por qué eran tan amables aquellas mujeres? Normalmente no es que llegue a un lugar y se me tiren las viejas encima. Y menos unas ‘gatas’ como las que ahora me rodeaban mientras mi amigo, al mejor estilo de Tony Montana, me observaba desde su asiento mientras se fumaba un Marlboro Rojo como si fuera un habano. “Mucho fantoche” pensé. A medida que el tiempo fue pasando y el trago aumentando empecé a charlarme a Lina, la mona, alta, tetona que se había sentado al lado mío.

Bailamos reguetón, merengue, salsa y hasta electrónica. En un momento que la tuve muy cerca lancé mi cara contra la de ella y nos dimos un beso, ¡una delicia!. Mientras la hembra rozaba su lengua contra la mía, abrí los ojos y observé a mi amigo en la mesa. Para mi sorpresa, se estaba dando un beso con una de las viejas, luego él se apartó y las dos se comenzaron a besar, mientras el desgraciado aplaudía y las personas de las otras mesas miraban y se reían. Ahí lo comprendí todo, comprendí por qué Lina me había evadido cuando le pregunté qué hacía y porque no me había respondido cuando insistí diciéndole si estudiaba. Lina y sus amigas no habían salido con nosotros porque fuéramos unos papis o unos manes muy bacanos. Lina y sus amigas estaban allí porque eran unas prepagos. Decidí continuar con la farsa, no tenía que sentirme mal sólo relajarme y disfrutar. Total yo ni iba a pagar. Acerqué a Lina hacia mi cuerpo y empecé a pensar qué cochinadas le haría esa noche. La vida era curiosa, seguí pensando y de repente tuve una pequeña erección. Lina también la sintió y tirándome un beso sonrió.

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