Cambio chisme por morcilla

Cambio chisme por morcilla

Ilustración: Rachel - EL CLAVO

“Las encuestas son como las morcillas: son muy buenas hasta que se sabe cómo las hacen”. Al pronunciar esta frase Álvaro Gómez Hurtado habrá recordado la época en que comía “rellena” con ansiedad sin saber que aquello era una tripa repleta de carne, sangre coagulada y arroz… antes de que llegaran la verdad y el desencanto. Ahora que estamos en época de elecciones otra vez y los mismos de siempre quieren vendernos otros cuentos, se han puesto muy de moda no sólo las morcillas y las encuestas, sino las noticias “prepago” y la buena fama “prepago”. Es por esto que los políticos últimamente han corrido a contratar asesores de marketing político. Algunos candidatos suponen que estos personajes pueden lograr que todos los amemos, los escuchemos e incluso olvidemos su pasado oscuro a punta de maquillaje, televisión, fotos y discursos “correctos”. ¿Será posible comprarse así una imagen?

El viejo truco de abrazar viejitas, cargar bebés y tener “un matrimonio modelo” muy estable a pesar de los cachos del marido y de la mujer (encubiertos por un par de abortos y el alcahuete de confianza) parece que funciona para elevar los índices de popularidad. Al fin y al cabo lo que existe es lo que sale en los medios — o al menos eso dicen los gringos — y cualquier político con mala fama querría ganarse una nueva existencia gracias al “cuarto poder”. Según Carlos Andrés Pérez, experto en marketing político, “es posible fabricar una nueva imagen del candidato o gobernante, dependiendo de la coyuntura. El caso más vívido de eso es el ex Presidente Andrés Pastrana que tenía una imagen negativa muy grande y con una estrategia de marketing logró obtener la mayor votación en la historia de Colombia, sólo superada por Uribe en 2006“.

Tan chévere que parece. Uno la embarra un resto, todo el mundo le cae encima, es el pendejo del paseo y está “en la mala”, pero al año siguiente llega la estrategia salvadora que lo convierte en Presidente de la República , Alcalde, Gobernador o Congresista. Los expertos saben que la panacea de la imagen prepago no existe, pero hay cosas que se le parecen.

Germán Medina, autor del libro Cómo gritar para que voten por mí y tener una visibilidad para gobernar advierte que las posibilidades de sacudirse la mala fama tienen limitaciones, pues dependen “del contexto político, de la educación de la gente, del dinero que tenga la campaña y del equipo de trabajo que tenga el candidato“. Y si el problema es un poco grave, digamos, lo acusan de tener negocios no muy transparentes o amigos poco recomendables, Medina piensa que el mercadeo “puede ayudar, se puede llegar a ciertos nichos de opinión, pero si los ataques son muy fuertes y contundentes no hay nada que hacer “.

En un terreno tan difícil como la política, la investigación es la base de cualquier trabajo de mercadeo, pues en este caso no sólo hay que conocer bien el mercado sino el producto que se pretende vender. Respecto a esto último dice Medina: “A todo el mundo le achacan cosas. Mandamos a investigarlo con la Fiscalía para ver qué información tienen ellos, pero nosotros no somos gente que vigila, sólo somos asesores“.

Pero más allá de los líos legales, adquirir una buena imagen no es tan sencillo como parece, porque los chismecitos tipo Sweet no se compran con morcillas — aunque a veces sí se comparan — . Por eso los políticos continuarán en la búsqueda de la fama prepagada y necesitarán siempre este asunto del marketing, que a pesar de lo play que pretende sonar el término, es algo tan viejo como la política misma.

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