Caperucita… roja y sinverguenza

Caperucita… roja y sinverguenza

Foto por: Diana Cuartas - EL CLAVO

L_FEROZ> ¿Cómo te reconozco cuando te vea?
C_ROJA> Hmm… voy a llevar una chompa roja… parece que va a llover.
L_FEROZ> Listo, nos vemos en el centro del parque. Un beso.
C_ROJA> Chao.

C atalina Rojas había tenido días mejores que éste. Aunque sabía que ya su abuela había arreglado todo, le daba un poquito de susto que el cliente que le había asignado para esa tarde fuera alguien de la universidad que pudiera reconocerla. Su abuela era muy cuidadosa, pero en toda cita a ciegas el riesgo siempre existía.

Finalmente no había llovido y se descubrió la cabeza, pero se dejó la chompa puesta. Se quitó los audífonos del iPhone y guardó todo en la canasta. Entonces, su cita llegó.

En medio de los árboles, ella lo reconoció de inmediato. Claro que lo recordaba. Ese miserable se llamaba Lotario Ferro, pero prefería que lo llamaran “Lobo Feroz”, aunque ella sabía que era pura pantalla para pasar por “interesante” (según él). Vestía como de costumbre traje y corbata negros, una talla más grande que la suya, para que a la gente le quedara la duda de si escondía algo bajo el saco cerrado. Catalina sonrió para sus adentros con desdén cuando comprobó que Lobo Feroz todavía llevaba, en vez de zapatos de cuero, unos tenis azules de suela blanca que él creía lo hacían ver irreverente y trasgresor.

Cuando él se quitó las gafas oscuras para saludarla con un beso ‘andeniado’, Catalina se dio cuenta de que el tipo no tenía la menor idea de quién era ella, simplemente una universitaria que había visto en el catálogo de la página de prepagos. Claro, qué se iba a acordar de ella si hace cinco años, cuando él le daba clases de Arte Contemporáneo, ni siquiera la determinaba. Incluso cuando al final del semestre ella se le insinuó de todas las formas posibles, él la apartaba con algo de desdén por no estar ni remotamente tan buena como sus compañeras.

Catalina recordó que, muerta de la rabia, le había pedido a su abuela (en realidad, la mamá de su padrastro) que le regalara las cirugías que la dotaran de las redondeces necesarias para conquistar a Ferro. La vieja le dijo que no le regalaba nada sino que iba a “invertir” siempre y cuando Catalina trabajara para ella. Allí fue cuando se enteró de dónde salían el billete de la cucha: un portal en línea que ofrecía el servicio de lujo de “chicas universitarias” a tipos que pudieran pagarlo. Aunque las primeras veces Catalina estaba muerta del susto, con los cinco primeros “servicios” pagó las cirugías. Con la plata que su abuela le siguió pagando al cubrir la deuda, vinieron los ajustes de mandíbula, dientes, nariz… etc. Con el paso de los años, el recuerdo de Ferro se desvaneció junto con su vieja apariencia.

Ahora, teniendo a Lobo Feroz nuevamente frente a ella, Catalina recordó que su abuela había insistido mucho en que fuera ella quien atendiera a este cliente, pero sin darle más detalles. Tanto misterio sólo podía significar que la vieja sabía exactamente quién era Lobo Feroz y lo que había significado para ella. También debía saber que con lo que Catalina había aprendido sobre cómo manipular a los hombres en los años bajo su tutela, el pobre fantoche no era más que una víctima indefensa en sus manicuradas garras.

Luciendo su sonrisa más inocente y descubriendo como por casualidad sus bien torneadas piernas, Catalina, mejor conocida en el negocio como “Caperucita Roja”, se arrojó vengativamente tras el corazón del supuesto depredador.

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