Con sólo mirarlo le digo todo

Con sólo mirarlo le digo todo

Fotografía: Paola Combariza

Caminando por las concurridas calles del centro de la ciudad, un amigo me dijo que “los alcaldes puede que sean muy corruptos, pero en medio de sus desaciertos tenemos que agradecerles algo: las dos o tres cestas de basura que hay por cuadra.” Y es verdad. Si no estuvieran los benditos botes ¿qué haría uno con tanto volante que se recibe en los andenes y en los semáforos? Cuando uno va al centro, los bolsillos terminan llenos con volantes de almacenes en promoción, universidades semi-formales, abogados, talleres y seminarios. Aunque el más común, es el diminuto papelito del Profesor Saúl, parasicólogo. Caminando esa tarde, recibimos la tarjetica del profesor y leímos: “Amarro a su ser querido, le domino el sentimiento y le quito infidelidad, orgullo, rebeldía y retiro a su rival.” El papelito de mi amigo fue a dar a la cesta del alcalde. El mío, al bolsillo.

Después de la diligencia en el centro, en la tranquilidad de la casa, esculcando la ropa para la lavadora, encontré el volante del Profesor Saúl y volví a leer: “No diga a qué viene, con sólo mirarlo le digo todo.” Nunca he creído en gitanas, clarividentes, astrólogos, numerólogos, y sin embargo la última frase me quedó rebotando en la cabeza: “No diga a qué viene, con sólo mirarlo le digo todo.” Me imaginé sentado al frente del profesor, eclipsado por su misteriosa mirada, y él adivinando mi pasado, mi presente y contestando las preguntas de mi incierto fututo. Todo esto, sin que yo abriera siquiera el pico. De inmediato agarré el teléfono, llamé, pregunté horario y pedí cita. 

Al día siguiente esperaba en la sala de la oficina del profesor Saúl. Mi cita era a las 11 am. El consultorio estaba, ―y aún está ubicado― en el edificio Gaspar de Rodas, oficina 305, Medellín, al frente de la Iglesia de San José. Es una oficina pequeña, como cualquier oficina de abogado. El recepcionista me cobró ocho mil, anticipado, y me hizo esperar. El recepcionista: un sujeto de pantalones morados, camiseta amarilla, anillos en todos los dedos, pelo negro, engominado y rayitos rubios tinturados. La seriedad del consultorio se vino a tierra, pero ya había pagado mis ocho mil. De modo que… a sentarme y esperar. 

En la esquina de la estrecha salita hay un gran buda con su panza al aire. Al lado, una vitrina con frascos de jarabes amarillos, rojos, azules y naranjados. En la misma vitrina, más abajo, ramas secas, verdes, largas y flores. Estampas de santos, patronos y ángeles. Velas, cruces, estampillas y cuarzos. Los cuadros en la pared son paisajes apocalípticos con pirámides, unicornios y explosiones galácticas. Detrás de los rayitos rubios del recepcionista: una imagen de la Virgen del Carmen. Por lo visto, el Profesor Saúl había realizado una estrafalaria mixtura de budismo, chamanismo, catolicismo, New Age y cuanta imagen tuviera un raro aliento de misterio.

Al cabo de cinco minutos de espera, me hicieron pasar a una oficina. Un señor con pinta de señor y gafas de señor, me tendió la mano. Era un sujeto de unos 60 años, como cualquier sujeto de 60 años. La oficina era estrecha, a duras penas cabía el escritorio y las dos sillas. Nos sentamos y me miró fijamente. Recordé el papelito: “No diga a qué viene, con sólo mirarlo le digo todo.” Para que la cosa funcionara yo tenía que poner cara de bobo desconsolado. De modo que giré la cabeza, me rasqué la garganta, y volví a mirarlo, esta vez, con una perfecta cara de idiota, la que mantengo todos los días a toda hora. El señor me miró con intensidad.

―¿Ya ha venido por acá?”―preguntó.

―No―, dije.

―Bien, ―contestó él―, baraje estas cartas y elija nueve de ellas al azar.

Revolví veintidós cartas, saqué nueve y luego el Profesor las fue descubriendo sobre el escritorio. Eran cartas con dibujitos. Me estaba leyendo el Tarot. Ahora sé que se trataba del Tarot, y que eran veintidós, porque cuando salí de la consulta me fui derechito a buscar en la Wikipedia. Pero en ese momento, en la oficina del Profesor, yo no sabía qué diablos era ese Poker con figuras medievales. Estaba decepcionado de Saúl. Yo esperaba que descubriera mi historia con solo mirarme.

Luego de ver las cartas, me dijo lo que se le dice a todo el mundo: “el trabajo va a mejorar, en el amor hay buenas posibilidades, usted es una persona buena, honrada y sincera; por acá veo que más adelante va a viajar, un golpe de suerte, cuidado con los chismes de los vecinos, por acá veo una mala vibración, usted tiene una energía que lo tiene atrancado, una sal, una vibración que no lo deja avanzar.” Así enumeró otra docena de vaguedades. Yo lo miraba con cara de estupefacción. 

―Yo no estoy inventando nada ―dijo― son las cartas las que hablan.

De las nueve cartas, recuerdo tres: El loco, La rueda de la fortuna y La muerte. Busqué retener en la memoria las otras, pero la alharaca del sujeto no me dejó concentrar. El diagnóstico final: tenía que recibir un estricto tratamiento para eliminar las malas energías y potencializar las buenas.

―Y ¿cuánto vale el tratamiento? ―pregunté.

―Trescientos cincuenta mil ―contestó.

¡¿Trescientos cincuenta mil?!―repetí mentalmente― este tipo está loco.

―Estoy interesado, ―dije muy preocupado― y ¿esa plata es para qué?

Entonces el payaso, con disfrazas de señor, me dijo muy convencido que yo tenía que hacer un altar: un santo, velas y riegos. Debía rezar oraciones de poder, bañarme con un jarabe, mantener un cuarzo en el bolsillo y tomar bebidas con ramas secas. Todo esto, por supuesto, lo compraba en la vitrina de afuera.

―Pero es que hoy no tengo plata― le dije.

―Haga un adelanto hoy, que después paga el resto, ―contestó― recuerde que las malas energías no dan espera y usted tiene esas cartas de La muerte y El loco, que son cartas de muy mala vibración.

―¿Y si las revuelvo otra vez?

―¡Nooo, eso no se puede!  ―contestó fastidiado.

Entonces le dije que volvía en la próxima quincena.

―Empiece hoy, ―dijo con impaciencia― se lo recomiendo, vaya y preste la plata, además aquí se le garantiza el trabajo, nosotros tres llevamos catorce años trabajando en esto.

Le pregunté cuáles tres y me contestó que en el consultorio trabajaban tres “maestros”.

―Pero ¿usted es el Profesor Saúl, verdad? ―pregunté pensando en el volante de la calle.

―No, ―contestó― soy Héctor, Saúl es el de la recepción.    

Finalmente, con cualquier excusa logré escarparme de allí, pensando en que, con razón, habían cobrado anticipado.

Desde entonces, cada vez que voy a centro de la ciudad y tengo que recibir los volantes de estos farsantes, le hago caso a mi amigo, quien le saca jugo a los impuestos del alcalde cada que tira un volante en una cesta de la basura.

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