Crónica: Soy un Fanático de los Fierros

Crónica: Soy un Fanático de los Fierros

Ilustración: Jean Paul Egred

Raúl llega con el rostro radiante. La sola idea de hablar e investigar el tema de las armas le parecía excitante. Días después, cuando nos reunimos en su casa, entendí porqué. Su habitación está decorada con afiches de mujeres desnudas que cargan grandes armas, su canal preferido es The History Channel (un canal de alto contenido bélico), tiene una completa colección de balas, varias revista gringas de promoción de armas, una colección de muñecos Gi´joes distribuida en cada rincón de su cuarto, una videoteca con películas de guerra: Apocalipse Now, Platoon, Full Metal Jacket, Burguer Hill, Finding Private Rayn, The Red Line, Bands of Brothers, entre otras, un diploma que corrobora haber realizado estudios en una escuela militar y un revólver de dudosa procedencia.

Inmediatamente nos saludamos, Raúl me dice que lo siga y entramos a un centro comercial en donde jóvenes de entre los 16 y 26 años nos invitan a comprar tenis, “sin compromiso mi pana, sin compromiso”, “¿Cuál está buscando so?”, “se le tiene, se le tiene”; “la nike, la adidas, la puma”. Raúl se detiene en uno de los almacenes, disimula observar algunos de los tenis, uno de los vendedores le pregunta su talla, y Raúl sin titubear comenta que necesita una 9 milímetros. El vendedor, un afrocolombiano que aparenta unos 22 años, le hace señas para que salgamos del almacén. Caminamos unos metros, se detiene y nos cuestiona sobre lo que estamos buscando. Raúl le dice que necesitamos un arma, y él nos responde que nos puede conseguir desde calibre 32 hasta armas de largo alcance como Galil, M16, AK47, hasta M60 dice de manera jocosa. Raúl se pone serio y le dice que estamos realizando un reportaje y que sólo queremos saber cómo es el proceso de compra, “a mi déjeme sano, déjeme sano”. La historia se repitió en dos almacenes más, en donde ninguno de ellos dudó de poder conseguirnos armas pero sí de poder darnos información para una entrevista. Del centro comercial nos fuimos porque según Raúl había visto al primer vendedor siguiéndonos por los pasillos atiborrados de gente comprando.

Tres días después, sentados en la sala del apartamento donde alquila un cuarto y en el que vive con dos jóvenes universitarios, Raúl me cuenta que en el centro de la ciudad se puede conseguir lo que sea: desde granadas, lanzacohetes, minas quiebrapatas y todo tipo de munición y de armas. Para confirmarme su historia trae un pequeño cofre de madera que se abre a presión, al abrirlo yo sólo veo balas, sin embargo, Raúl lo abre como su más preciado tesoro. Una a una organiza las balas en grupos, como si estuvieran formando y me cuenta la historia de algunas de ellas.

La calibre 22 se la robó a un abuelo que sufría de paranoia luego de que tres ladrones entraron a la finca y asesinaron a su esposa, “desde ahí el viejo se armó hasta los dientes, si uno iba a visitarlo en las noches te entregaba un arma, y algunas noches se levantaba sudando y gritando que habían llegado, nos hacía sentar en las ventanas y disparar, a mí me encantaba ir a visitarlo por eso, para mí era como un juego”. La 9 mm dun dun, o más conocida como mata policías, se la regaló un cliente cuando trabajaba por las noches en un bar, “se llama mata policías porque es capaz de romper un chaleco antibalas, hoy en día con la modernización de la policía ellos usan esas balas, son muy poderosas por su punta hueca”. La calibre 38 “es la de los sicarios, es la más común y se consigue en cualquier parte, éstas se las compré a un vigilante de seguridad privada”. La 45 es el mayor calibre de un revólver, “ésta es la de los policías en la USA, como vos ves tiene casi el grosor del dedo gordo de la mano, o sea que eso te rompe y te acaba por dentro, esta sí la conseguí en el centro, es un calibre muy escaso, sólo está bala me costó 50.000 pesos”.

Ilustración: Mateo Aguirre "El Guareo"

Luego de explicarme cada una de las balas de bajo calibre, Raúl saca del cofre con mayor veneración las de alto poder. La primera es una 7.62, “éstas son las balas de la M60, la metralla más importante del ejército, esto puede atravesar a cinco personas en fila, tanto así que es prohibida por el derecho internacional humanitario, pero los guerrilleros todavía la usan, y los soldados se quejan porque a ellos les toca con 5,56 milímetros”. Según el derecho internacional humanitario, la munición de guerra no tiene como objetivo la muerte sino herir al contrario, por esto ningún ejército regular puede utilizar la calibre 7,62. Le pregunto a Raúl qué piensa sobre esa legislación, Raúl se ríe, me muestra la 5.56, la pone en su dedo meñique, luego señala su punta afilada y me explica que esa punta tiene dos propósitos: uno, aumenta la velocidad de la bala; dos, al contacto con el cuerpo entra mucho más fácil. En conclusión, “me imagino que quienes hacen estas leyes tienen buena fe, pero por simple lógica una bala de este calibre puede mínimo quitarte un brazo… una bala no está hecha para herir, una bala está hecha para destruir”.

Luego me muestra su revólver calibre 38 largo, una hechiza como se le dice en el mercado negro a las armas que no tienen marca ni el sistema de estrías que dejan huellas en las balas y permiten que los forenses investiguen el origen, “por eso acá es tan difícil decir quién mató a quién, la mayoría de armas son hechizas, entonces es muy difícil hacer un rastreo”. Raúl se ríe contándome que este revólver lo compró en el centro a un vendedor de tenis, que le costó 350.000 pesos y que casi le cuesta la vida. “Con un grupo de compañeros íbamos armados al colegio… cosas de pelados, loco que es uno, la cosa fue que un día encerramos a una vieja en el salón y la amenazamos para que se quitara la ropa, todos apuntándole, la hembrita se asustó y salió corriendo… pues esta hembra se lo tomó en serio y consiguió a unos manes pa’ que nos asustaran, a mí me cogieron en un parque, y me metieron una golpiza seria, termine en el hospital inconsciente, a todos mis compañeros los golpearon pero ninguno quedó como yo”.

Al preguntarle si sale a la calle con la calibre 38 automáticamente me lo niega, “no, no, eso es un calentón, cuando uno tiene un arma es para usarla, uno no puede salir a la calle con un fierro pa’ dárselas de malo o de poderoso, si uno tiene un arma no es pa’ asustar, es pa’ usarla, por eso yo no salgo con esto, es que el problema de las armas no son las armas, a mi me encantan los fierros, pero lo que me interesa es entender su lógica, cómo funcionan, para qué están hechas, qué tipo de tecnología hay detrás de ellas… y pues en medio de esto es increíble pensar qué hay por allá arriba, en Estados Unidos en Europa, en Asia, toda una ciencia dedicada a buscar mejores formas de matar, eso habla de una sociedad que está loca, y yo soy un testigo de eso, por eso esto es una colección, yo no ando por ahí asesinando ni usando esto para mi beneficio, es como un hobby”.

Para terminar le pregunto si no le parece riesgoso que su arma esté cargada todo el tiempo, “no no, eso sí, yo siempre la tengo lista porque a mí el día que se me meta un ladrón le voleo es plomo, mejor dicho no tiene es cómo salir de acá vivo”.

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