Dando nalga

Dando nalga

Foto:Luis Gaviria - EL CLAVO

Foto:Luis Gaviria - EL CLAVO

Era martes. El letrero del clasificado decía algo así: “Juan, joven acuerpado, descomplicado, blanco, culto. Atiende parejas y solteros. 31050032**”. Así lo leí. Era mi celular. El mismo que cargaba dentro de uno de los bolsillos de mi pantalón. Vacío y sin plata, mi bolsillo. Tan vaciado como yo. Esperé las llamadas.
No sabes hasta dónde eres capaz de llegar sino cuando te encuentras frente a ese sitio en el que trasgrediste todo lo que considerabas moral, ético y demás carroña para estar ahí. Ahí estaba yo, sentado sobre una cúspide prohibida y además impensable. Porque ponerle precio a una libra de arroz, vaya y venga. Hacer lo mismo con tu culo, es completamente distinto. Y pensar que todo era por la no-muy-urgente necesidad de congraciarme con el dios dinero.

Digo no-muy-urgente necesidad porque no estaba muriéndome del hambre ni andaba descalzo por las calles. De haber sido así no hubiera tenido el dinero para un clasificado erótico en el diario El País. Quería tanta plata en ese entonces como quizás la deseo aún hoy. Pero unas cuántas cosas se me aclararon ese día. Una de ellas: tu culo no tiene precio. No importa cuántas cervezas o boletas de cine puedas comprar después.

Mi aviso no tenía ningún tipo de adornitos. Eran simples letras, secuencia de palabras que me hacían disponible a un mercado espinoso. Mientras redactaba el mensaje, al interior de la oficina de clasificados del diario en la Plaza Caicedo, imaginé rostros; los de posibles clientes. Se agolparon tantos en mi cráneo que terminé por visualizar una masa de piel con 34 orejas, 72 ojos, y tantas vaginas como penes.   Sacudí la cabeza y la bestia se fue. Incluso pensé en utilizar un buen gancho dentro del texto que sirviera como papel mata moscas. Quise usar el término ‘bien dotado’. Pero no lo soy. Soy terriblemente promedio. Así que escogí, en su reemplazo, el muy indiferente y francamente inútil ‘culto’. A nadie que te estés cogiendo le interesa saber si degustas la música de John Coltrane o si conoces la temperatura predilecta en la que se debe consumir un vino tinto. Les interesa la fugacidad de tus caderas, que entran y salen.

Era plata la que quería. No me juzguen. Unos 501 del oultet de Levi’s en el Centro Comercial me hacían ojitos.
Entregué el clasificado y dejé que las máquinas rotativas del diario se encargaran del resto. Al día siguiente, martes, salí en muchos periódicos. Supuse que mi padre y mi madre no lo verían. Y así fue. Hubiese sido un tema de conversación incómodo a la hora de la cena.

Tomé el clasificado y detallé la competencia. Trigueños —ellos sí— bien dotados. Hermosas travestis. Mujeres masajistas. Vi que atendían ejecutivos. ¿Cómo no se me ocurrió? Vi muchos números de celular. Ese día contrataban muchachas mayores de 18 años y les prometían buenos salarios, estadía y comida. No encontré muchachos cultos, como yo. Debe ser por eso que no me llamaron.

Pensándolo bien, por fortuna no lo hicieron. Prefiero jugarme la plata del bus en cerveza cualquier día de la semana por encima de abrir la puerta trasera. No tengo el estómago que se requiere. Ni el afán con el que algunos, como usted y como yo, corren tras el aura celestial del dios dinero.

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