De la sonrisa matadora

De la sonrisa matadora

¿Alguna vez te has preguntado por las consecuencias que te podría traer sonreír en la calle? ¿Qué harías si un día caminas distraído y al doblar en una esquina te encuentras de frente, casi llevándotela por delante, a una niña como las que te gustan? ¿Le sonríes y ya? Además de sonreírle, ¿le hablas? ¿Y que tal si después le invitas algo, una cerveza por ejemplo? Suena bien ¿no? Prometedor.

¿Pero qué tal si después de sonreírle la chica te detalla un par de segundos, y luego de uno de los bolsillos traseros del jean saca una pata de cabra y te exige que le entregues el celular recordándote lo imbécil que eres? ¿Corres? o ¿te meas en los pantalones?

 

Vaya reflexión, (un poco dramática). He aprendido una de las normas claves de la supervivencia citadina. Pero antes aclaro que lo de arriba no me ha sucedido a mí ni a conocido alguno. Y espero que nunca me pase. Probablemente me mee y luego salga corriendo. Sin celular por supuesto.

Se trata de lo peligroso de sonreír y andar con cara de buenón[*]. Verán: Mi madre siempre me insistía en que sonriera, en que dejara la cara seria y saludara; pues esa era la debida manera de comportarse de un niño bien educado. Por supuesto, yo le hacía caso después de ella “expresar” su mejor argumento: un pellizco muy disimulado en mi brazo; uno de esos que saben dar las madres. Contundente.

Creo que después de tantos años ya la he perdonado. Pero hasta hace poco todavía salía con cara de pastel a la calle y creía subnormales a los que caminaban con cara de bacteriólogo.

Estando en Bogotá le pregunté a un amigo por la cara de estreñimiento de los rolos. Me contestó que era un mecanismo de defensa; que en la calle se desconfía de todo el mundo y cualquiera es potencial ladrón. Qué exagerado este man, pensé. Y qué ciudad tan mamona.

Sin embargo, ahora sé que tenía razón. El asunto es de cuidado. Una sonrisa es potencialmente matadora y ojalá fuera para caerle a una vieja. No. Es potencialmente peligrosa para quien se atreve a darla. Lo he comprobado. En más de una ocasión me fue conveniente poner cara de Terminator para pasar seguro.

Caminamos en una jungla atravesada por la ley del más fuerte. Ser afable es dar señal de debilidad, de inocencia, indefensión, de vulnerabilidad. Así lo interpreta la mayoría de las personas, incluyendo a cuanto delincuente hay. Piénselo, ¿se atrevería a robar usted a un tipo con cara de matón? Lo dudo.

Además, la dichosa norma tiene su variante. Jamás se les ocurra hacer un alto en plena calle o parque para amacizar a su novia, novio, amante, tinieblo, qué se yo, pues las parejitas son imanes para las ratas. Y debe causar bastante terror que en el mejor momento de la calentura, una garduña llegue a amenazar con romperlo a uno.

Aunque tomémoslo por el lado amable. Quizá yo sea un paranoico de aquí a Pekín y vea peligros en todo lado. Es una posibilidad. Tal vez un día tras una sonrisa usted encuentre la pareja de sus sueños.


[*] Término que resulta de unir la palabra bueno con la palabra pelotudo. Ya ustedes entenderán.

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