De que las hay, las hay

De que las hay, las hay

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Espantos que cobran vida

Esta es una historia real, tan real como la tradición oral de los pueblos paisas, aquellos que se hicieron alrededor de caminos empedrados por los que todavía se dice que pasa a la madrugada un hombre a caballo con un gran sombrero arrastrando las cadenas que le pusieron en el infierno, o en los que todavía se le teme a la noche del Viernes Santo, día en el que sueltan al diablo o con doce campanazos se abre una montaña de par en par para atrapar incautos que entran en busca de tesoros. Toda la vida escuché de duendes y leyendas, casi siempre de viva voz de la abuela de mis vecinos, una señora que se la pasaba rezando y regañando; sin embargo, nunca le di crédito a sus palabras.

Fue en los primeros meses del año, de eso hace ya unos 13 calendarios. La noticia se había regado en el barrio: una bruja andaba saltando de techo en techo, de árbol en árbol, asustando y retando a esas almas que se creían con el poder para desafiarla. Como vivíamos en uno de los bordes del casco urbano, había muchos almendros, algunas ceibas y el infaltable aguacate en muchos solares internos. Varias noches pasó la bruja por los árboles que rodeaban el colegio y la señora Octavia, noctámbula, lectora empedernida y por lo tanto conocedora de lo divino y lo humano, la retó, la insultó y la maldijo cuando el extraño ser se atrevió a molestar la tranquilidad con la que disfrutaba del cigarrillo en el andén de su casa, con un ventarrón tan fuerte que hizo mecer ramas y sonar las tejas desgastadas. Otros valientes le lanzaron piedras, sin saber exactamente a qué le estaban apuntando.

 

"Después vi a un animal gigante, más grande que una lechuza o un chulo, el cual salió volando de allí de manera extraña."

 

Era más que oficial: la bruja estaba de visita.

Una noche, muy temprano todavía para las apariciones de ese espanto y ante los ojos de todos los que jugábamos en la calle o sólo disfrutábamos de la fresca tan anhelada en los pueblos cercanos al Río Magdalena, “eso” apareció; digo “eso” porque no podría describirlo.

Un ventarrón movió de lado a lado la copa del árbol de aguacates que hay en el patio del hospital y después vino un chillido insoportable, propio de una película de terror. Después vi a un animal gigante, más grande que una lechuza o un chulo, el cual salió volando de allí de manera extraña. Su voz era insoportable y la forma de su cuerpo no dejaba ver su cabeza. Alguien gritó: “¡Es la bruja!”.

Con el corazón a mil no le despegué un segundo la mirada hasta que aquel ente desapareció en el cielo nocturno, en la nada y ante los ojos de todos. Más de una década después, de darle vueltas a la imagen en mi cabeza, sigo convencido de que no hay que creer en ellas, pero de que las hay, las hay o por lo menos eso fue lo que vi.

Autor:

Jairo Vargas