De silicona y cocaína vive la TV

De silicona y cocaína vive la TV

Ilustración: Michelle Motato

Debo confesarme. Acepto que al conocer la primera adaptación para televisión del libro Sin tetas no hay paraíso, me pareció importante que esos temas fuesen llevados a la pantalla. Pero es una confesión incompleta si no se aclara que soy un hombre bastante ingenuo. No puedo verme de otra forma, y creo que nadie lo hará, si desde este momento afirmamos que el problema cultural, económico y de violencia de nuestro país, finalmente quedó reducido a las necesidades de un rating globalizado.

No voy a restar importancia a la tradición escrita, ni a creer en el absurdo profético de la virtualidad, pero es claro, y para nadie es secreto, que actualmente vivimos en la generación de la imagen, y que el impacto masivo que genera es movido por un mánager distinguido: la televisión, medio audiovisual del cual Fellini se refirió, en algún momento de su vida, como “el espejo donde se refleja toda la derrota de nuestro sistema cultural”. Podrá notarse que Fellini no era tan ingenuo como yo, y que gracias a él ahora podemos apagar el televisor y ocuparnos

del reflejo que sostiene parte del rating en la pantalla colombiana.

El caso colombiano es algo particular, porque es un país donde no sólo los presupuestos para la guerra se justifican a través de la publicitada “lucha contra el narcotráfico”, ahora ello también justifica los contenidos audiovisuales de la lucha por el rating. Bueno, para no ser injustos, por otro lado puede decirse que el país “avanzó”, que vio más allá de los implantes de silicona de los novelones mexicanos y añadió a los escotes de las modelos un proceso químico globalizado: la cocaína. Este último da vida a seriados donde algunos creen contemplar el

“folklor” de un episodio “entretenido” de la historia de Colombia, pero que para otros significa identificar al Patrón, al Capo, es decir, al narcotraficante, como el man chévere y con plata que representa el héroe que debe burlar la cárcel.

El impacto es evidente y nada agradable a la sensatez, y menos agradable las “soluciones” presentadas. ¿O es acaso suficiente remedio anunciar que este tipo de programas son para adultos? No lo es. Porque son los adultos quienes tienen jodido al país, y quienes más sufren cada vez que la vuelta se cae, la caleta es descubierta, o cuando el mafioso es perseguido por la poca justicia que queda. De modo que menores en compañía de adultos responsables no

es suficiente para resolver el problema de responsabilidad frente al contenido de los programas. Y tampoco basta sacar propagandas con actores afirmando que el negocio del narcotráfico “no paga”… algo demasiado absurdo para hacer frente a la estructura dramática de producciones televisivas que hacen de los capos unos héroes, con los cuales los televidentes se conectan y no paran de sufrir durante meses, incluso, a veces, durante años. Por eso cuando llega el final del seriado, y los narcotraficantes terminan en la cárcel sin lograr su cometido, siempre será común escuchar en los hogares colombianos la frase clásica de desilusión: “Ay noooo… ese final tan malo”.

Y así, mientras el capo queda preso dentro del televisor, y las familias colombianas no paran de llorar su suerte, en las mentes de la sociedad el narcotráfico no tiene celda ni custodio, sólo el veredicto parcializado de un juez liberador: el narco-rating.

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