Del dicho al hecho

Del dicho al hecho

Foto: Rodolfo Moncada - DRAGON CHAMBERT

Foto: Rodolfo Moncada - DRAGON CHAMBERT

Corre el año 1536, los indígenas han abandonado el pueblo refugiándose en la montaña donde se prepararan para el combate. En cuanto los conquistadores españoles entran en la casa del cacique Petecuy, ubicada en la colina de la Teta, cerca de Pance, quedan sorprendidos y horrorizados al encontrar exhibidos en un amplio salón los cuerpos disecados de 400 indios, portando armas y ornamentos. Petecuy comía la carne de sus enemigos siguiendo la creencia de que de esta forma heredaría su valor; luego los mandaba a embalsamar, rellenándolos de ceniza, conservándolos tal vez como trofeos personales, pues entre las tribus guerreras de estas tierras el valor de un hombre se medía por la cantidad de enemigos que hubiera liquidado.

Nuestra historia está colmada de apartes tan dramáticos y emocionantes que parecen sacados de una película o un libro de fantasía, pero estos acontecimientos no se quedan en el remoto pasado de la conquista. Apenas en el siglo pasado se cuenta que el mismísimo diablo se presentó en Jamundí, engatusando al joven sacristán de la iglesia al presentarse como un ángel ante sus incautos ojos, y engañándolo para que en sacrílego acto sacara la custodia de la iglesia y realizara una inapropiada procesión alrededor del parque.

Otro personaje que se decía tuvo también estrecha relación con el maligno fue el negro Fidel Mina, un renombrado maleante que en la década de los 30 hizo de las suyas en las inmediaciones de Cali, Jamundí y el norte del Cauca. Fue por su carácter escurridizo que se generó la leyenda de que Mina tenía pacto con Satán, pues en varias ocasiones la Policía creía haberlo atrapado y sin embargo le perdía la pista como si literalmente se hubiera desvanecido en el aire. Se cuenta que en una de estas ocasiones desapareció como solía hacerlo y en su lugar apareció un terrorífico perro negro.

No obstante estas son sólo leyendas que se tejen en torno a este personaje temido por muchos y apreciado por otros. Este hombre , además de destacarse por su pericia, carácter aventurero y sangre fría para batirse a duelo con las autoridades sin pensarlo dos veces, paradójicamente se destacó también por poseer un corazón noble; pues a la manera de un Robin Hood criollo, robaba en las haciendas de los ricos terratenientes de la región para ayudar a la gente pobre con la cual se sentía profundamente identificado. Durante años la ley se esforzó en capturarle, y aunque llegó a estar preso, su suspicacia y espíritu aventurero pronto lo obligaban a escaparse.

Fue finalmente en la vereda de Guachinte (municipio de Jamundí), en el año 1936, que el agente Mariano Ospina, enemigo personal de Mina, logró darle muerte; y cuentan los relatos que en cuanto éste vio su cuerpo desangrarse sobre el suelo, se lanzó a sorber la sangre que manaba de sus heridas.

Historia o ficción, relatos del pasado o fantasías de mentes fértiles, mitos y leyendas parecen ser mezcla indisoluble de todo ello. En una época como la actual, de creciente escepticismo paradójicamente, relatos como estos se conservan, multiplican y surgen, renovando en nosotros profundos sentimientos, en los que el temor linda con el placer y el chiste, e infundiendo a la existencia el interesante sabor de lo desconocido.

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