Dientes de perro

Dientes de perro

Tal vez, esa era la causa de sus pesadillas, saber que perdería su libertad de soltero

Había caminado largas cuadras para aclarar su mente. El sol de las doce calentaba intensamente tiñendo de bronceados abstractos los cuerpos citadinos. Corcel pasaba la mano untada de empanada para limpiar el sudor de su cuello y frente. Afortunadamente sus raíces aborígenes lo favorecían y dejaban su color tal como al inicio de la mañana.

El reggaeton se vomitaba por las ventanas de la cuadra. Corcel fruncía el seño como escapando de las llamas inclementes que atraía su piel imán. De un ventanal con vidrios brillantes y admirables gritó un hombrecillo lánguido:

–¿Entonces qué mi negrura? Pinto, pasto, pintó, paum.

Él sólo sonrió agitando su cabeza en señal de negación y continuó a paso liviano. Al menos no le decía “¡Care culo!”, como sí lo hacía con el panadero, un señor alto y cabezón. Todos los días sucedía lo mismo, el chico esquizoide se asomaba, gritaba esa frase y prolongaba una risotada de hiena hasta que desaparecía su víctima.

El cuerpo le pesaba. Apenas tenía 23 años y el desagrado de una vejez cercana le molestaba. De vez en cuando, veía la posibilidad de estudiar otra cosa distinta al Arte Dramático, pero inmediatamente sacudía su cabeza ?con su tic de niñez? para desechar semejante ocurrencia. Sabía que el teatro, el público y los diferentes personajes que encarnaba formaban su vida; sin eso prefería morir.

Cuando Corcel llegó a su destino sintió alivio. No entendía por qué, pero era bueno sentirse así. Los niños del conjunto se escuchaban desde tempranas horas emitiendo graznidos, risas, ruidos que desconcentraban al más guardado de la unidad residencial El Nidero. Al atravesar la portería, recordó lo que tanto lo atormentaba. Era un sueño inmundo, en el que se veía besando a una mujer de cuerpo delicado, armonioso y hocico de perro. El sueño había sido varias veces el mismo, aunque el tamaño y la higiene de los dientes de perro variaban monstruosamente.

Un pálpito sacudió su corazón, abrió los ojos, con aspecto de inspector, y su rostro se convirtió en una negrura pálida. El portero lo miraba muy asombrado.

– ¿Has visto a Pacho? ?le preguntó Corcel.
– No está, pero dejó a su hermanito cuidando a Venus.

Caminó con la amargura de haber perdido la tranquilidad que sintió al llegar. Ahora sólo recordaba ese asqueroso sueño. Dientes de perro besando sus labios y luego desgarrando su cuello, hasta convertirse en el hueso de la mujer canina.

Ilustración: Andrés Aparicio - EL CLAVO

La zona trasera de la unidad tenía una cancha enorme, los adolescentes le llamaban “el estadero undogground”. Habían construido casitas para perros, en diferentes colores y formas. Allí sacaban a los perros para hacer concursos, desfiles y sobre todo, para que tomaran el sol. A Corcel siempre le pareció algo muy estúpido y grotesco, era como tener una pista de aullidos, un cultivo de pulgas. Posiblemente el administrador de la unidad disfrutaba al ver su fetiche convertido en realidad.

Caminó largos pasos hasta acercarse a la zona perruna, insistía en repugnar ese lugar, pero necesitaba entregar un obsequio que lo atormentaba: un anillo. Tal vez, esa era la causa de sus pesadillas, saber que perdería su libertad de soltero. La cabeza se le hinchaba, tenía miles de cosas que detestaba, cosas que debía aguantar simplemente por existir. No soportaba la idea de tener que regalar una joya de compromiso sólo por seguir la formalidad que exigía la familia de su novia. Sí, era inevitable. Pensaba en miles de cosas que detestaba.

– ¡Junior! ?gritó muy fuerte, como desahogando toda la molestia que lo envolvía ese día.
– ¿Qué, mi negrura? ?contestó burlándose el hermanito de Pacho, mientras sostenía con fuerza la cuerda de su perra Venus, una Pastor Alemán que reprobaba a Corcel. Quizás era racista.
– Por favor, entrégale a Pacho ?le pasó una bolsita. Pacho era el mejor amigo de Corcel, y cuñado hasta su muerte, en caso de concretar el matrimonio.

Cuando el chico se marchó, Corcel miró con asco a todos los perros y sintió ganas de manifestarse. Maldijo un par de veces, consiguió un insecticida y químicos que guardaban en el cuarto de mantenimiento. Sonrió a los perros y los abandonó dejándoles un venenoso refresco. Caminó con muchísima alegría; era bueno sentirse así.

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