Mano firme, CoRAZÓN sangrante

Mano firme, CoRAZÓN sangrante

alvaro_uribe1Tal parece que los colombianos no aprendimos la lección del terror y su secuela de sangre, dolor y muerte de hace poco más de una década, cuando Pablo Escobar desafío al Estado y llevó al Presidente Gaviria y a la misma Asamblea Nacional Constituyente a pactar en sus términos el cese del narcoterrorismo, al consagrar en el artículo 35 de la Carta Política que “Se prohíbe la extradición de colombianos por nacimiento”.
El cobarde y execrable atentado contra civiles inermes en el club “El Nogal”, más allá del dolor y la justa indignación que causa, merece un análisis sobre su significado y los desafíos que entraña para las autoridades y el conjunto de la sociedad. En primer lugar, quienes lo ejecutaron seleccionaron el símbolo de distinción y excelencia de la élite capitalina, presidido por Fernando Londoño Hoyos hasta antes de posesionarse como Ministro del Interior y Justicia. En forma violenta y despiadada sus ejecutores respondieron a unas declaraciones triunfalistas y prepotentes del Ministro, según las cuales el Gobierno tenía corriendo a los narcoterroristas. Más de treinta compatriotas, muchos de ellos humildes trabajadores, pagaron con sus vidas ese pulso mortal y sin límites que nos puede arrastrar a todos al agujero negro del odio y la confrontación total.
En segundo lugar, cada día aumentará la intensidad y amplitud del ciclón de la venganza, como una respuesta que se considera legítima de los “ciudadanos de bien” contra los narcoterroristas. Así las cosas, la violencia y el miedo terminarán ganando la batalla y el precio de su triunfo no será otro que la ignominia del más fuerte y despiadado, pues éste solo sobrevivirá en función de perseguir, intimidar y aniquilar al contrario.
Bien se puede apreciar en la hecatombe entre palestinos e israelíes. La pregunta es ¿Deseamos los colombianos tal horizonte de muerte y destrucción? ¿Estaremos condenados a morir entre la prepotencia de los privilegiados y el terror de los desesperados y desheredados? No hay respuesta fácil, pero lo grave es que las partes trabadas en combate están convencidas que cada una posee la verdad, sin importarles lo más mínimo que ella significa el horror para todos.
Razón tenía Umberto Eco cuando escribió, en “El nombre de la Rosa”, que “El diablo no es el príncipe de la materia, sino la soberbia del espíritu, la verdad sin sombra de duda y la fe sin sonrisa.”

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