Cuentos del abuelo

Hace mucho tiempo escuché a mi abuelo contarme de las muchas formas de explotación que existían sobre esta tierra rica y suficiente para todos. Me hablaba de los terratenientes, que “considerados” con algunas gentes humildes, cedían una parte de su territorio en aras de hacerlo productivo y ganar un poco más de lo que ellos mismos podían producir. Me contaba que estas gentes trabajadoras poco ganaban y que aquello que les quedaba de esa dura labor, era entregado tanto a la iglesia, como a los guerreros en pro de la defensa de las naciones. Yo me indignaba y mi abuelo me decía: “Pequeña, se trata de un juego de dependencia”. ¿Qué? ¿Dependencia? No logré comprender el significado de dicha palabrita rara. Ahora pienso en mi época y siento que los actores han cambiado, no las relaciones. Y que comprendo más a mi abuelito y la dependencia.
Hoy podemos encontrar la semejanza de la relación de dependencia creada por aquellos nuevos terratenientes. Disfrazados de nombres llamativos se presentan en nuestra realidad. Y esa relación se plantea así: Aquello que tenemos y que logramos producir, nos pertenece; ahora, todo aquello que consumimos, que nos ofrecen los terratenientes de la forma más dulce para nosotros, sólo para simpatizar nuestros sentidos, no.
Pero mientras que, por un lado, enseñan que las cosas que se exhiben afuera son necesarias para nuestra felicidad, por el otro, nos sustentan que entre toda esa felicidad dependemos de otros elementos, menos lúdicos, para afrontar los problemas de nuestra sociedad actual. Y esta vez, antes que dulces, DVD y MP3, hablando en un lenguaje más serio, nos proponen una dependencia, diferente, severa, pero suavizada por otra ganancia: la tranquilidad. Y se nos dice que para vivir en paz en este mundo, debemos crear límites para los llamados y también antiguos, dice mi abuelito, terroristas. Sin decirnos en verdad qué significa el terrorismo, nos convencen de su presencia con muestras de estos hechos que logramos observar en el mundo como los ataques a gente inocente en España, en Estados Unidos o donde sea.
Y en vez de pagar por trabajar la tierra, pagamos por hogares tranquilos. Pagamos un rubro para mantener un juego político que pocos conocen bien, y del que no obtenemos ningún beneficio, a no ser que miedo y duda sean una necesidad humana de la que todos dependemos para marchar en una sociedad.
Dependemos de unos cuantos que nos advierten de nuestras necesidades para ser, felizmente, felices; dependemos de un grupo ejecutivo que dictamina políticas de Estado que, entre otras cosas, dependen de las de otros que necesitan crear dependencia hacia ciertos hechos sociales con los cuales fijar un rumbo en conjunto para toda la humanidad.
Pero esto es sólo un pequeño ejemplo de cómo nos crean ciertas dependencias. Porque ¿cuántos modos de dependencia existen hoy día? Pensemos un poco en aquellos que no pueden estudiar, pero que dependen de un título para ingresar a un sistema laboral, que lo hace necesario y lo muestra como algo digno de alcanzar. El trabajo es una dependencia y todo el mercado es una triste necesidad de la cual no podemos prescindir si queremos sobrevivir en el mundo actual. Trabajar para ganar, para pagar, para vivir, para consumir y ser felices. Y quien no dependa de este modo de vida, será independiente, y la independencia se castiga con mucha dureza y la libertad depende de lo que un Estado considere como libertad.
Mi abuelito me dice ahora que no comprende el mundo y que prefiere quedarse en casa, leer algunos libros y salir poco a la calle. Yo, por mi parte, pienso que combatir la dependencia es un trabajo de voluntad, pero para que pueda hacerse realidad, se debe dejar a un lado aquella dependencia que sustenta otro rubro de nuestros gobiernos: la ignorancia y el miedo a comprender. Pan de cada día de nuestra historia.

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