La amante extraviada

La amante extraviada

Foto: Cindy Muñoz

Al subirme al bus la vi; era la mujer y la amante que había buscado toda mi vida y construido e idealizado para desear y contemplar. Estaba en los puestos de adelante, inmaculada, mirándome con sus ojos entre sorprendidos y confundidos. Yo me senté dos puestos más atrás y en aquel instante se gestó la historia que sólo se vive en la imaginación y que la razón ya no domina.
Era una niña entre los 15 y 16 años, sentada al lado de alguien que parecía ser un familiar; sin embargo, no se dirigían la palabra. Yo seguía ahí, entre dos barreras, viendo cómo su cabello jugaba con el viento y hacía figuras que se enredaban en mí y me apresaban más a ella.

Obsesionado con tal belleza, trataba de ver su rostro, el cual no había apreciado bien al momento de subirme, algo que parecerá extraño al que llegue a leer estas páginas, ya que ¿cómo se le da el calificativo de belleza a algo sin siquiera haberlo visto totalmente? Pues precisamente era eso lo que me tenía atado. El ser no contemplado, los pequeños detalles no observados, las trivialidades de su apariencia, era lo que concentraba mi atención y se llevaba la mayor parte de mis reflexiones sobre su persona.

Ella, como todas las mujeres, curiosas, miraba a todos lados, sintiéndose acechada y observando los rostros de los demás para saber a quién controlaba ese día con su hechizo. Yo, mientras, trataba de dibujar su rostro con los pedazos que alcanzaba a ver en sus momentos de investigación; sólo recordaba algunos perfiles; una sombra cubría la hermosura no vista, las partes de su rostro y de su cuerpo no observadas.
No quería deducir nada, pero mi atención empezó a convertirse en especulación y empecé a realizar deducciones de cómo serían esas pequeñas pinceladas de su rostro que me impedían ver su hermosura en todo su esplendor. Al darme cuenta de esto, mi corazón se puso más inquieto; no quería empezar a sacar conclusiones sobre lo no visto; quería que el objeto en sí fuera la causa primera; quería que ella, con sus movimientos, cubriera con luz los lugares ocultos de sus características.
Así, mi atención se concentró en los movimientos de su cuerpo, con los cuales, las sombras iban desapareciendo. Ella jugaba con su cabello, lo agarraba con una moña, se lo soltaba, lo ponía de lado o hacia tras, se lo miraba pacientemente; luego observaba por la ventana y no me dedicaba ni una mirada.
De repente las sombras dejaron de ser mi mayor obsesión y, entonces, empecé a imaginar qué decirle, cómo hablarle y cómo sería una relación con ella. Nada era sexual, todo era inocencia, ternura y control. Sólo quería acercármele, observar bien su rostro, no decir nada, sentir su suavidad y acariciarla únicamente con la contemplación.
Ella no se había percatado de mi presencia pero el sujeto de al lado sí, siempre me miraba. Al hacer esto, yo, como el gran actor de la vida, disimulaba y miraba a otro lado, para que no pensara que era algún depravado viendo con morbo una niña para luego violarla. << ¡Maldita ética y moral! Ahora todo es maldad. Nadie puede creer en el amor que puede despertar la belleza. Todo es depravación en estos días… ¡Ah! ¡Qué gran actor soy! No se da cuenta de lo que veo…>>.
Y lo inevitable pasó. Mucha gente se empezó a bajar del bus y los demás se empezaron a acomodar en otros puestos. Así, en este momento de confusión y de reacomodamiento, se produce lo más ansiado: ella me miró; me dedicó cinco segundos de sus ojos y las sombras de su rostro desaparecieron. Por fin pude ver con claridad la hermosura de su fisonomía y forma; ella sabía que existía y ya no era un incógnito dos puestos atrás.
De un momento a otro, el individuo sentado al lado se bajó, lo que indicaba que se encontraba sola y significaba una restricción menos. De este modo, empecé a pensar qué decirle si me bajaba con ella:
– “Me regalas tu nombre…”
– “¿Por qué?” –diría ella
– Y yo respondería – “Porque quiero saber el nombre de la mujer que con sólo una mirada me hizo crear una historia, haciendo de un viaje monótono, un divagar de sentimientos y pensamientos; y para conocer el nombre de la persona que con sólo una mirada me hizo descubrir la belleza…”
<< ¡Maldita ética y moral! No saben distinguir entre la admiración de la hermosura, en la cual uno sólo quiere contemplarla y no tocarla, y la admiración aberrante, en la que uno piensa en tocar y acariciar, incluso en contra de su consentimiento, a la fuerza, así ella no quiera. ¿Seré ético? ¿Seré moral? ¿Sabré distinguir entre estos dos tipos de acciones? ¿Realmente me importará distinguirlo? >>
Por cierto, su nombre era Lucila y su inocencia fue perturbada, acariciada a la fuerza, violentada, violada y asesinada, y su hermosura se marchita en una esquina, cerca del lugar en donde se bajó y le pregunté su nombre.

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