La voz del cuerpo

La voz del cuerpo

voz_cuerpoEl cuerpo nos habla con cada palpitar, con cada inhalación; con el dolor, el cansancio y el debilitamiento nos recuerda que lo hemos descuidado.
La voz del cuerpo puede ser tan silenciosa como un leve dolor en la espalda; tan rítmica como el misterioso cosquilleo en la boca del estómago cuando esperamos a alguien; tan fuerte como un extraño dolor de cabeza; y tan suave como el inexplicable vacío en el pecho cuando hace falta estar con ese alguien.
El bullicio externo nos impide oír al cuerpo, porque la vida se nos ha convertido en la necesidad de escuchar lo que los otros quieren, no lo que nuestro cuerpo sabe que queremos. Nos hemos vuelto sordos a su lenguaje y enfermamos por nuestro propio descuido. La enfermedad es entonces la voz más insoportable del cuerpo. A través de ella, éste grita desesperado lo que alguna vez intentó decirnos: “necesitas dormir, descansar, alimentarte, hacer ejercicio, respirar bien, fumar menos; necesitas consentirte, un abrazo, expresar lo que sientes, sanar los resentimientos”.

Existen enfermedades inexplicables para las cuales la medicina aún no ha encontrado la cura; éstas son gritos que han evolucionado a lo largo de los años porque no fueron previamente escuchados. El problema ha sido pensarnos como seres humanos con cuerpo, no como sujetos. Acostumbrados a la dicotomía, lo separamos de nuestro ser, y lo manejamos como una herramienta, más que como el hábitat de nuestro mundo interno. Así lo expresa María Luisa Pfeiffer: “El que va morir soy yo, todo entero, no un cuerpo prestado para la ocasión1.
Somos seres corporales con necesidades, con un lenguaje propio para expresarlas, con una personalidad única para decidir resolverlas o no y, con un sistema perfectamente diseñado para lograr satisfacerlas. Cada una de sus partes conforma un todo funcional, asombrosamente coordinado y organizado para hacer posible nuestra vida diaria.

Sin embargo, dentro de una sociedad que “esculturiza” al cuerpo a través de la necesidad de lucirlo, perfeccionarlo y estilizarlo, éste se ha instrumentalizado convirtiéndose en un elemento de exhibición. Su cuidado se limita a su perfeccionamiento y no al propósito de su vitalidad y salud. Nos preocupamos por esta última cuando el cuerpo ya no resiste y nos pide a gritos que lo escuchemos; en ese momento buscamos al médico para que lo arregle. No estamos acostumbrados a prevenir, sino a curar.

Enfermos es cuando más despreciamos al cuerpo; lo consideramos como un instrumento más: “No acepto ser un cuerpo enfermo y entonces me separo de mí mismo y digo que tengo un cuerpo enfermo2 . Algo en mi cuerpo está fallando y hay que arreglarlo por la ley científica de causa-efecto. En realidad han sido siglos en los que nosotros mismos hemos fallado. Generaciones aturdidas y sordas por las exigencias sociales que no han reconocido la voz del cuerpo. Así ha surgido la enfermedad como la heredera de la historia singular de un individuo.
Las enfermedades son ahora un reto por entender y explicar. Y para esto la medicina las estudia a través de la exploración del cuerpo, es decir, por medio de una detenida escucha de lo que éste dice. “Nuestro cuerpo es, según la expresión de Merleau-Ponty, nuestro ‘anclaje en el mundo’3 . Desde el cuerpo el Mundo se hace mundo, adquiere significado. Un cuerpo enfermo nos habla de un mundo doloroso y limitado. Un cuerpo sano, nos habla de un mundo expectante y retador.
El cuerpo nos ha hablado desde pequeños, al sentirlo y escucharlo será fácil reconocer lo que realmente queremos. ¡Para qué esperar a estar enfermos!
123 Revista de filosofía. Departamento de filosofía de la universidad iberoamericana, plantel México. Número 91 enero-abril 1998.

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