No dejad que ‘satanicen’ nuestros cuerpos

No dejad que ‘satanicen’ nuestros cuerpos

satanizen_cuerpos¿El cuerpo? Tangible y concreto. Cuando Jesús resucitó y sus ‘panas’, los discípulos, sostenían que su maestro estaba de vuelta en la tierra, surgió la duda de uno de ellos, de nombre Tomás, sobre lo verídico del acontecimiento. Su duda se reducía en sus palabras al respecto: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré” (S. Juan 20, 25). Se podría interpretar esta respuesta como la fe que posee la humanidad en lo corpóreo. ¡Carajo! Tenemos que ver, oler, gustar, oír, manipular para creer.
El cuerpo sintetiza ese afán de los hombres y de las mujeres de elaborar un conocimiento a partir de lo tangible, lo contable, para no caer en errores de interpretación a la hora de dar cuenta de esta tozuda realidad. Si esta es la importancia del cuerpo ¿por qué los hombres y las mujeres se han obstinado en negar la naturaleza corpórea? ¿Por qué existen religiones, la Católica Apostólica y Romana en especial, que niegan la importancia del cuerpo? ¿Por qué la religión ha ‘satanizado’ los cuerpos de los hombres y, en especial, el cuerpo de nuestras amadas mujeres? ¿Por qué la base de los grupos religiosos es creer en un dios que no es corpóreo, y parten del hecho de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios?
Las respuestas a los anteriores interrogantes nos costaría un trabajo de días con sus noches para elaborarlas; lo que sí podemos hacer en este espacio es tratar de tomar conciencia sobre el valor de nuestro cuerpo, partiendo de la renuncia de creer que el cuerpo es algo pecaminoso.
Este interés de valorar el cuerpo no es algo reciente. Si nos vamos al desván de la Historia nos encontramos que en Estados Unidos surgió en el siglo XIX la utopía de instaurar en la tierra el amor libre entre los cuerpos de hombres y mujeres. Esta utopía la llevó a cabo un teólogo radical llamado John Humphrey Noyes, quien se divorció de interpretaciones bíblicas como aquella en que la humanidad tenía que regirse por la monogamia o que el cuerpo era portador de pecados.
En sus palabras, el matrimonio monógamo era una clara manifestación de egoísmo y de posesión que impedía la capacidad de extender el amor a los demás. Junto a la postulación de Noyes del amor libre, estaba su opinión de mejorar la calidad de los cuerpos humanos y de encontrar el bien supremo mediante la aceptación de una vida sexual activa. Una de sus expresiones es que “avergonzarse de los órganos sexuales es avergonzarse de la creación de Dios“. Además consideraba que las leyes morales de la religión, basadas en el pudor del cuerpo, eran leyes que iban en contra de la naturaleza.
En un trabajo del periodista norteamericano Gay Talese se recoge una de las afirmaciones de Noyes: “La cama matrimonial del Cordero es una fiesta en la cual cada plato es de todos. La exclusividad, los celos, las disputas no tiene lugar…1 .
La toma de conciencia del valor de nuestros cuerpos es aceptar nuestra condición de seres superiores. No podemos privarnos de valorarlo, de cuidarlo y de compartirlo con otras personas que también poseen la riqueza de un cuerpo. La privación de conocer nuestro cuerpo es algo contra natura. El supuesto pecado en las relaciones sexuales y en la valoración de los aparatos reproductivos, tanto femeninos como masculinos, radica en hacer caer a la humanidad en una completa ignorancia de infantilismo dependientes de dioses. Nuestro cuerpo es la prueba tangible de ser el centro del cosmos. Y para las mujeres, esos seres vejados por las religiones que las consideran portavoces del diablo, unos cuantos versillos de Benedetti para que valoren su cuerpo: “Una mujer desnuda y en lo oscuro / tiene una claridad que nos alumbra…“.
1Gay Talese. La mujer de tu prójimo. El testimonio más elocuente del nuevo mundo del sexo. Grijalbo. Primera edición. Barcelona. 1981

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