Palabras: el cuerpo de las ideas

Palabras: el cuerpo de las ideas

palabrasEs curioso cómo dedicamos cantidades enormes de esfuerzo, tiempo y dinero a cuidar nuestra apariencia, o por lo menos a resoplar con sonrisa fingida mientras sumimos la barriga frente al sexo opuesto. Al hacerlo estamos aceptando que la personalidad no es suficiente y que para ‘tramar’ a alguien necesitamos que nuestro cuerpo nos ayude, no que nos perjudique. El cuerpo debe trabajar en llave con la personalidad para lograr lo que nos propongamos.
Así mismo, podríamos decir que nuestros pensamientos, al igual que nosotros, están compuestos de cuerpo y alma. Si las ideas son el alma de nuestros pensamientos, las palabras son sin duda su cuerpo.
Siguiendo esta analogía, en los seres humanos no puede decirse que el alma o la personalidad tienen una forma o una apariencia definida. Sólo podemos deducir cómo es la personalidad de alguien a partir de sus actos o de la forma como busca expresarse. En ese sentido, es el cuerpo físico a través del cual el alma puede darnos una idea de cómo es.

De forma similar, nuestras ideas no tienen una apariencia o forma definida. Para poder conocerlas, los seres humanos solemos ponerlas en palabras para transmitirlas, atesorarlas y conocerlas. Sólo cuando usamos palabras los pensamientos adquieren vida porque es cuando las ideas, su alma, son llevadas a una forma “tangible”. Esta forma “física” puede ser impresa, manuscrita, hablada, proyectada, etc. Por supuesto que medios como las imágenes (fotos, dibujos, películas), sonidos (música, ruido) o movimientos (bailes, masajes) también son formas válidas de expresión de los pensamientos, pero suelen ser un poco más subjetivos, más dependientes del contexto y de las personas que reciben estas expresiones de las ideas.
Así mismo, las palabras están sujetas al contexto y a los individuos para su interpretación, pero también es cierto que sólo las palabras tienen la capacidad de ser traducidas a diferentes idiomas y géneros literarios que se adapten más fielmente a la interpretación en su contexto original.
Si las palabras son el cuerpo de nuestros pensamientos, deberíamos usarlas con el mismo cuidado con el que tratamos a nuestro cuerpo, o por lo menos deberíamos esforzarnos para que nuestras palabras digan exactamente lo que queremos decir. Por ejemplo, cuando usamos la palabra “americano” para referirnos a lo relativo a Estados Unidos, le damos a esa idea un cuerpo que la desdibuja completamente. En su lugar sería preferible usar “estadounidense”, “gringo” o incluso (siendo ‘chimbo’ con los canadienses) “norteamericano”. “Americano” es un hincha de los “diablos rojos” (en Cali), de las “águilas” (en México) o todo aquello referente al continente americano. Si usamos mal esa palabra es casi como si aceptáramos que sólo los ciudadanos del Imperio tienen derecho a llamarse americanos porque son los dueños del continente y nosotros simples arrimados. Es tan absurdo como llamar “colombianos” sólo a los antioqueños o “patriotas” únicamente a los partidarios de Uribe.
Por esta razón, debemos dar cuerpo a nuestras ideas con los ojos abiertos y la mente conciente. La personalidad más encantadora pierde fuerza si no va de la mano de una sonrisa matadora. De la misma forma, las ideas más brillantes sólo podrán resonar en la mente de nuestros interlocutores si las encarnamos con las palabras que mejor reflejan su significado.

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