Para aquellos que pueden ver

Para aquellos que pueden ver

aquellos_puedan_verTodo, o casi todo, entra por los ojos. Y es con éstos que nos vemos todos los días ante un espejo que, aparte de ser una cocción de silicatos a altísimas temperaturas que se unen para formar una superficie pulida, es el medidor de autoestima personal. De él dependen nuestros niveles de fealdad o belleza; él no miente y lo soporta el espejo de la madrastra de Blancanieves y la teoría de la imagen denominando a la figura reflejada en el espejo (o cualquier área reflectiva) como imagen natural, y naturalmente somos lo que ahí se ve.
Aparte de ser un medidor, el espejo es todo un crítico que hace surgir ese calificador que tenemos a la mano en el mar de nuestro ser (funcionalmente, nunca está muy en el fondo), pero es la autocrítica privada y personal la que nos acerca más a nosotros mismos sin importar la nota que nos hallamos dado: nos estamos intracomunicando. De ahí en adelante es electiva autónoma lo que decidamos hacer con y de nosotros, al menos nos consultamos antes de tomar cualquier acción.
Menos que ver, atisbamos el forro que nos cubre, lo miramos feo, lo criticamos constructivamente, tomamos resoluciones al respecto y lo dejamos tal como está. Lo que se pueda enmendar de nuestros cuerpos es proporcional a la fuerza de voluntad para ejercitarnos, la teoría fashion de los colores o a los egresos monetarios disponibles en casa, y sencillamente se tapa un turupe con un morro. Volver al espejo un objeto agradable de asomarse a ver, es una tarea dispendiosa y más aún aprender a amarse por medio de éste. Por eso los medios se han puesto la tarea de facilitarnos un estándar que nos masifica y cohíbe la individualidad, un estándar que punza en algún lugar del cerebro cada vez que nos vemos al espejo.
Algunos métodos para elevar el amor propio son muy básicos, impersonales y hasta ridículos. Pueden llegar a ser excesivamente pedagógicos y cansones, como si quererse realmente a sí mismo estuviera fuera del alcance de cada uno. Por ejemplo, motivarse pegando la típica foto de alguien con el supercuerpazo o la re-presencia en alguna pared del cuarto o del baño, en la puerta de la nevera o en una esquina del espejo (de cuerpo entero). Pero resulta más rentable y beneficioso de lo que pensamos, sólo que la mala costumbre de buscar respuestas en los demás se superpone sobre la tarea de la introspección: “Mirarse para adentro no cuesta nada”.
Uno de los tantos fenómenos que ocurren “frente a frente” en un espejo, es la reafirmación de nuestra existencia, cosa que no pueden hacer los míticos vampiros o sobre-hacen el Dr. Jekyll y su alter ego, Mr. Hyde. ¡Pues ahí estoy, aquí estoy y así soy…! Y es todo un duelo amarse: nos negamos, nos enojamos, nos despersonalizamos, y finalmente, si queremos, nos aceptamos.

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