En tiempos de adicciones

En tiempos de adicciones

tiempos_adiccionesSon tiempos veloces. Las personas viven deprisa, en actividad, al instante. Beben tinto para extender las horas de vigilia, se levantan temprano y se acuestan tarde, desayunan y cenan cualquier cosa, se conectan, huyen del caos personal, consumen, descienden por espirales vertiginosas, no duran, fluyen en el río del ahora, miran sin entender, se desconectan.
Las adicciones no se pueden circunscribir a una época o país, no son exclusivas de una raza, género o clase. Son creaciones de nuestra especie.

Son tiempos de poca meditación, sin pausas, se hace mucho y aun eso es poco. Corremos como Mark Renton en Trainspotting: casi todos, casi todo el tiempo. Por esa pretendida fugacidad se encrudecen hasta el infinito las guerras. Por eso la ciencia se vuelve inasible y el arte está en sobreoferta. Se mueve el mundo, las modas y demás florituras. Nacen las ideas y los pensadores mueren con ellas.

En estas existencias de aceleramiento progresivo el trastorno es inminente. Necesitamos una de dos cosas: estabilidad o escapes (paréntesis artificiales). Como la estabilidad -contraparte del perenne cambio- es difícil de sostener, tomamos esa segunda opción incierta, el escape, y conscientes o no, muchas veces comprendiendo a medias, nos sumergimos. Y no hay mejor escape que una adicción. Son verdades individuales depuradas de estorbos, cómodas fijaciones de comportamientos.

Han existido desde tiempos inmemoriales y desde entonces han sido rechazadas: inventos religiosos como los Pecados Capitales o las prohibitivas leyes islámicas buscaban ahogarlas. De su secular existencia hallamos evidencia en las borracheras descomunales de los romanos en plena decadencia del Imperio, la hipócrita lascivia de los jerarcas católicos hace seiscientos años, el opio para los chinos desde mediados del siglo XVII, el uso de la heroína a comienzos del siglo pasado para tratar la tos y como “sustituto no adictivo” del opio y la morfina, el LSD en los años sesenta, los inexplicables rituales del hombre de fin de milenio. Y hay cien ejemplos más. Mil. Las adicciones no se pueden circunscribir a una época o país, no son exclusivas de una raza, género o clase. Son creaciones de nuestra especie. Consecuencia de ser pensantes. Las adicciones son tan humanas como la moral, el chantaje o la filosofía.

Se define adicción como “la sumisión del individuo a un producto o una conducta de la cual no se puede liberar”1. Adicción es antónimo de voluntad propia y sinónimo de obsesión. Algunas adicciones hoy: pepas, perico, bazuco, heroína, marihuana, hongos, cigarrillos, café, fármacos, Coca-Cola, Internet, videojuegos, sexo, alcohol, ritos religiosos, el cultivo del cuerpo. Cualquiera de estos elementos puede generar dependencia y ayudarnos a sobrellevar esta postmodernidad (lo que sea que eso signifique) de discutible manera.

En estos tiempos de aceleramiento las adicciones se han vuelto un denominador común. Ya dije que todas las épocas han sido tiempos de adicciones. La cosa es que son estos tiempos de muchas adicciones simultáneas. Tiempos compulsivos, precipitados.

¿Qué hacer? Las leyes en torno a ellas son miopes, injustas, absurdas. La sociedad aplica la ley del embudo: hay adicciones mucho menos malas que otras. Sólo queda ser cuidadosos, visitar pero no quedarse en casa ajena, pues es posible que los hombres nos estemos echando a perder. Suena folletinesco, pero ojalá no llegue el día en que todos estemos tan llevados que nadie nos pueda salvar. Ni Superman con su fofa barriga. Ni el Hombre Araña inhalando sospechosas sustancias pegajosas. Ni Hulk comiendo eso que lo vuelve verde. Y así por el estilo.

Debería ser un axioma: nuestros mayores contrincantes somos nosotros mismos.


1
Biblioteca de Consulta Microsoft ENCARTA 2000.

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