187 preguntas. 188 respuestas.

187 preguntas. 188 respuestas.

Los hombres la miraban lascivamente y las mujeres

con envidia evidente. Atiné a decirle “hola”.
Dijo con sorpresa: “¿Qué haces aquí?”.
– “Vengo a la entrevista… ¿Tú
también?…”. – “Con nervios…”.
Parecíamos los mejores amigos de mundos paralelos. ¿Quién
era? ¡No daba con su nombre! Imágenes rebotaban en
mi cabeza de un hemisferio a otro al ritmo de mi corazón
sin éxito alguno.

dario1

El grupo de 25 aspirantes siguió a una sala
para aplicar las pruebas. Una edición viviente de Mattel,
La Barbie Psicóloga, de unos 28 años, nariz respingada,
labios rojos, cabello rubio y caminar de reina, presentó
las generalidades del cargo con la diplomacia y la claridad que
podían darle su experiencia.

Concentrarme era imposible. Las instrucciones eran
confusas. Seguía el único ejemplo del cuestionario.
Ella, la candidata anónima de aroma sensual, ¡se
había sentado a mi derecha! Desde ese momento mis mejillas
se contrajeron provocando una prolongada sonrisa enamoradiza,
aquella que aprovecha Cupido para tomarnos una foto.

Al terminar la primera prueba recordé el
lugar, la hora, las circunstancias, los motivos, el placer que
había sentido en ese entonces y que después de tanto
tiempo volvía a disfrutar. Luego de las siete pruebas marcamos
las hojas de respuestas confirmando mis olvidadas sospechas: su
tierno nombre.

dario2

Siguiente prueba, ahora de personalidad: 187 preguntas
de selección múltiple. En la pregunta 37 miré
de reojo que ella iba en la 23. Sin mayor afán, –
porque iba ganándole – me distraje mirando su angelical
perfil. ¡Y qué me encuentro! El más bandido
de los botones de su blusa satinada blanca de manga tres cuartos
había entrado en huelga ante el ojal que lo oprimía.
¡Viva/Viva/Viva!

Pregunta 52 para mí. 49 para ella. Parecería
que los encajes color crema de su sostén también
estaban peleando con la piel de su firme seno. Estaban a punto
de alejarse para permitir el paso de la luz a través de
unos cuantos milímetros, y por ahí derecho, mi visión
de Supermán. La única criptonita era la prudencia.

“¿Qué vas a hacer después?”,
dejando al lado mi pequeño Mirado No. 2 sin borrador, con
ganas de ver sus ojos claros. – “Tengo un compromiso”.
Pregunta 86. 103 para ella. Las medias veladas caramelo no cubrieron
lo que su pálida entrepierna mostró cuando arregló
su corta falda.

En la pregunta 132, “¿por qué?”,
con su lápiz cayéndose entre sus finos dedos sin
anillo alguno. – Para que charlemos un rato…”.
108 para mí. – “Listo… pero mi cita es
faltando cuarto para las seis”.

dario3Lleno de excitación respondí luego
de una pregunta más: “¡No hay problema!”.
Cuanto sea por estar con ella, con la que hace mucho estuve no
más que pocos minutos irresistibles, apasionados, efímeros,
infinitos… Lo que demoraron nuestras inexistentes canas
en volar.

Le volví a sacar ventaja y esperé
ansioso a que terminara, mientras yo respondía que sí
había diligenciado completa y honestamente todo el cuestionario.
Fuimos los últimos. 4:48pm – “¿Dónde
es tu cita?”. Respuesta. “Hay una heladería
cerca… ¿vamos?”.

Estaba con ella, esperando su encuentro y disfrutando
el mío. 5:23pm. Ya su botón había hecho las
paces con el ojal y no me di cuenta cuándo firmaron. Un
jugo calmó su sed y mojó mis palabras. Sus movimientos
eran ágiles, desprevenidos. Yo seguía sonriendo
con el dolor que la pura alegría produce. Obviamente mi
lapicero tomó nota de los siete números de su teléfono
fijo y los diez de su móvil.

dario4Por celular le reclamaron que ya eran las 5:56pm
y mi bella acompañante no aparecía. Pasó
un billete ante la cuenta y no dudé en decirle: “Permíteme
invitarte. Es lo menos que puedo hacer por el gusto de tu compañía”.
Sin importarle mis ilusionadas palabras de coqueto gallardo, agradeció.
“Hasta pronto… hablamos luego” – dije.
Y ella respondió: “Claro, me llamas… ¡Mi
esposo debe estar furioso!… No le gusta esperar”.

¿Llamarla? ¿Para que me conteste
el esposo o me diga que está con él? ¡Bah!
Sonrío al recordarla.

Por supuesto no conseguí ese empleo; la
candidata para ser la madre de mis hijos tampoco. Supe que lo
consiguió otra de las participantes; la recuerdo. Su ajustado
pantalón blanco marcó su mejor respuesta: un hilo
dental amordazando el bocado que ahora disfruta el jefe de área
de esa empresa.

Mi búsqueda continúa. Mi encuentro,
con ella, no.

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