Hecho desecho

Hecho desecho

hecho_desechoPor ella, aunque le dé lo mismo…
“Muchachos, lo que es la vida…
uno se entrega entero, y te devuelven en pedacitos”.
– Trizas, de Cheo Feliciano –
Y canta Willie Colón en Gitana: “cuando un amor se muere, ¿sabes chiquita dónde va? ¿Sabes chiquilla dónde va?”. ¡Pero qué pregunta, Colón! ¡Yo mismo te responderé!
Comencemos por los besos. ¿Hacia dónde parten? Los discretos fueron a su mejilla izquierda y a veces derecha. Habían situaciones donde me encontraba con sus orejas: estaba “estudiando…”, molesta, “cansada…” o su familia reunida en pleno. Los otros, los que no llegaron a su paradisíaco destino, los imaginaba en dirección a su sensual cuello pecoso, su hambrienta boca golosa, su erótica hendidura del labio superior y otros cuantos a la inferior… sí, esa misma, donde hubieran sido más que una expresión de cariño. En general los besos dados se fueron con saludos y despedidas; trivialidades de la cultura. Los no dados (es decir, los no recibidos) se quedaron conmigo multiplicándose intactos, aburridos, amontonados; trivialidades del rechazo.
Sigamos por las caricias. ¿Dónde quedan? Las que no se recibieron están en las intenciones de un semáforo en verde, en el formal saludo frente al vecino, en las habituales zonas concurridas, delante de su suspicaz mamá, en “sus días” que suponía yo a diario. ¿Y las que se regalaron? En la yema y el dorso de mis dedos, la palma de mis manos, la ‘masmeludez’ de su cintura, su siempre tibia rodilla, su ‘amielada’ catarata de cabello. Llegaron hasta donde lo permitieron el lugar, la hora, la ropa, la posición, las ganas… Más lejos también, cómo saberlo. Pensando cuán sonrojados, desarreglados, incómodos y excitados quedamos (quedé, digo… goce virtual).
Qué tal las palabras, ¿“al aire” como dice tu canción? Claro. Fueron “conversaciones” a punta de preguntas cerradas, porque de las abiertas no recibía nada. Era el más hermoso mural por Dios creado. Había veces, sin embargo, en que ella comenzaba un monólogo sobre sus quehaceres cotidianos, finalizándolo con un vacío “ve, y qué…”. Creo que dije todas las palabras, las malas y las buenas, pero desconocí las que catalizaban con certeza nuestra insuficiente alquimia. Por fortuna (o desgracia), esa egoísta afirmación que reprueba lo que los pretendientes deseamos se demoró: NÓ. Yo lo tocaba en sus torcidas miradas, lo olía en sus quejumbrosos gestos, lo probaba en sus desdeñados movimientos y lo veía en su ‘hijueputa’ indiferencia. Quería ignorarlo… me hacía el loco… anhelaba cualquier esperanza… pero era inevitable… Finalmente lo escuché sin preguntar por él o por su antónimo. ¿Sensata? ¿Premeditada? ¡Inmisericorde mujer!
¿Dónde está el tiempo pensándola? Se quedó vagabundeando en la insomne almohada, la tiesa hamaca, la ondulada alfombra, el necesario baño. La recordaba con afecto, belleza, placer… eran instantes que alargaban mi delirio y acortaban mi vida. ¿Será que yo le quitaba cinco minutos de su tiempo? Seguro cuando la llamaba a preguntarle cómo estaba. Pero no me refiero a ese tiempo (igual mío), sino al que ella hubiera dedicado aunque sea a rajar de mí. Creo que ni un tris, ni siquiera para increpar silenciosamente un ‘madrazo’ después de uno de sus tantos “¡gracias, qué lindo, tú!”.
Continuemos por los abrazos, los cumplidos, las miradas, los juegos, los silencios, las sonrisas… ¿También se marchan como “las lágrimas al mar…”? Momentos para recordar, otros olvidar, pero la mayoría ensoñar. Se fueron en cada hipotética “gripa…”, en cada infantil reproche, en cada forzosa caminata, en cada helado derretido, en cada llamada perdida, en cada visita “sin avisarme…”, en cada película aplazada.
¿Y los detalles? Los pasteles, las chocolatinas, las flores, las frutas, los cafés, los cuentos leídos por teléfono y los libros prestados, creo que le aprovecharon en algo más que todo lo vivido juntos. No porque fuera materialista (lo dudo) sino porque tenían un uso específico. Mis bienintencionadas caricias, mis tímidos besos protocolarios, mis románticas palabras sinceras y mi tiempo invertido en inmortalizar su piel, su rostro, su cuerpo… ¡a ella no le servían para un carajo! ¿Y a mí? Para enamorarme perdidamente solo; nada peor y mejor que valga la pena.
No le preguntes a “mi” bonita chiquilla, viejo Willie. ¡El amor cuando se muere va a la basura! En eso lo convirtió y allí lo dejó metido: en mi deshecho corazón.
Quizás ella sepa de conservación, reciclaje, reutilización, tratamiento de residuos, fertilización, desarrollo sostenible… ¡Simples ilusiones del útil desecho!

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