La moda anarco-punk. Cuestión de contradicción

La moda anarco-punk. Cuestión de contradicción

moda_punkHombres y mujeres con crestas grandes, ropa rota remendada, cadenas, ganchos, medias de malla y la clásica A anarquista. Así son los típicos ‘parches’ punk que se ven a diario en nuestra ciudad. Jóvenes que cantan y vibran al ritmo de las melodías radicales, los veloces rasgueos de la guitarra, el bajo y los platillos de una batería.
Ellos se emborrachan y pierden los estribos, se drogan y no saben ni para qué. Esta fue la impresión que tuvimos tan sólo en una noche, una noche que nos dio por enrollarnos con el punk y escuchar las vivencias respecto a esta ideología libertaria. Un sábado cualquiera decidimos ir a un lugar donde converge una gran cantidad de ideologías musicales caleñas, La Gruta. A las cuatro y media de la tarde estábamos listas para el cierre del Primer Encuentro de Anarco-Punk en Cali.
Encontramos el perfil que buscábamos para nuestra entrevista en un par de ‘punketos’ “verdaderos”. Susana, una mujer de 26 años que divide su vida en estudiar cine, formar parte del colectivo Contracultura, y seguir en pie con su sello disquero que beneficia a las bandas musicales con pocos recursos. Y Marcos, un joven que por su aspecto rudo y voz gruesa genera cierto temor, pero que luego de cruzar unas cuantas palabras nos deja ver un ser humano agradable y muy comprometido con su ideología, capaz de captar la atención de cualquiera así no esté interesado. Estos dos personajes fueron quienes nos ayudaron a formarnos una idea de lo que es la anarquía, su significado y los objetivos que se plantean como colectivo Contracultura.
¿Qué era eso que ellos llamaban contracultura, en contra de qué cultura estaban y cómo la definían? Susana nos definió el término cultura, cuyo significado es la base del movimiento por el cual está trabajando desde hace 10 años. “La cultura es una esfera que abarca todas las dimensiones del ser humano: moral, sexual, política, económica, entre otras”. Además afirma que el trabajo realizado con su colectivo se basa en la generación de consciencia, especialmente con las personas que no siguen la ideología anarco-punk. “Por ejemplo, mostrar la actitud ‘guerrerista’ de Uribe que no ha dado resultados positivos y que los medios muestran, pero que en realidad es una gran mentira. Uribe es populista y proyecta una imagen falsa del nacionalismo”. Lo interesante de esto es que recurre a estrategias que llegan en forma directa e impactante a la gente además de su música, como son los afiches y los graffitti.
Aunque nuestros personajes conjugados hacen un complemento perfecto, si los vemos individualmente, divergen en un punto. Ella utiliza la publicidad para difundir su pensamiento en la sociedad y él considera que si es necesario ejercer la violencia para defender su ideología, lo debe hacer. ¿Cuál es la verdadera forma? ¿Qué medio es el correcto, en un país que supuestamente está dirigido por un “guerrero”? Eso simplemente no se sabe, porque como ellos dicen “es cuestión de anarquía; de asumir su propia libertad y defender sus intereses. Intereses que se ven perturbados por el gobierno y sus jerarquías autoritarias”. ¿Hasta qué punto esos intereses son tan propios que no afectan a los demás? ¿Cómo saber que el medio que se utiliza es tan potente como una aguja hipodérmica? ¿Y cómo entender que lo que ellos hacen es por el bien común?
Son un sinnúmero de preguntas las que se generan después de una conversación con un par de bogotanos, extraños para esta tierra caleña donde no vivenciamos con claridad esa ideología, donde todo es una moda, donde los “niños bien” usan crestas para verse más interesantes y las niñas utilizan ‘tacheras’ para verse más atractivas para el sexo opuesto. Entonces, ¿está Cali preparada para asumir la carga de una subcultura que pide a gritos ser reconocida y respetada? ¿Para ofrecerle un escenario donde adquieran un verdadero significado? ¿Están listos ellos para aceptar la sociedad en la que se desarrollan?
A las ocho de la noche empezó el toque esperado por todos los asistentes, con una batería, una guitarra, un bajo y un micrófono. Allí entendimos el papel de la mujer en el punk, con el simple hecho de que era una de ellas la que invitaba a que se organizaran y pedía un poco de paciencia por los problemas técnicos. Después disfrutamos con los sonidos generados por las baquetas manejadas por Susana en cada una de las partes de la batería, y fue allí donde se hizo evidente que el machismo típico latinoamericano, y asumido sin problema en esta tierra, se desplazó realmente.
En uno de los libros que produce Marcos sobre el anarco-punk y que nos regaló esa noche, hay un artículo de Emma Goldman, una anarquista norteamericana comprometida con la liberación femenina. Se titula La mujer libre y en él afirma que se debe “terminar con el estúpido concepto del dualismo de los sexos, o de que el hombre y la mujer representan dos mundos antagónicos”. Definitivamente el mejor ejemplo para esto es lo que se vive en el punk, donde el hombre y la mujer piensan, organizan y asumen roles paralelos, comparten decisiones y hay libertad de tomar posiciones diferentes frente a algo. Seguramente por eso es que incluyen en sus materiales informativos autores de este tipo.
Al transcurrir la noche y por la adrenalina que produce el sonido, se mezclaron los “modelitos” y los ‘punketos’ de corazón. Los que piensan en el color de la cresta y los que piensan en la armonía de la guitarra. Los que se fuman un “porro”, y se dan unos cuantos “pases” en nombre del punk y los que se toman una cerveza en honor a las bandas que ya desaparecieron y dejaron un gran legado en la historia social y musical de los años 70. ¿Cuál es la razón? ¿Será la necesidad de solidarizarse para ser reconocidos? ¿Necesidad de mostrar algo que no sienten pero con lo que son representados? ¿Necesidad de apoyarse para no sentirse solos?
Lo realmente interesante de este sincretismo, después de unas cuantas cervezas, un poco de vino y uno que otro cigarrillo, son las respuestas sobre el evento mismo, de aquellos que ya están sumergidos en la música y en otro tipo de estimulantes. Todos estaban ahí, sentados, casi acostados, vestidos con la herencia que los primeros punk dejaron por motivo de la recesión que se vivía por ese entonces en Inglaterra y Estados Unidos.
Así, cuestionamos algunos asistentes. ¿Por qué está aquí? ¿Qué es el punk para usted? Unos ni siquiera sabían quién organizaba el evento de esa noche. Otros simplemente estaban allí por costumbre, por moda, por ‘desparche’, por “meterse en la película” de ser un punk. Con esas preguntas que se tornaron capciosas para muchos de ellos, nos dimos cuenta de que los punk “de verdad” están en un cuento muy distinto al de los hombres y las mujeres que se disfrazan para asumir un papel que no les corresponde. No están haciendo nada por mejorar la situación, no viven el grito de libertad que tiene como fondo la ideología punk. Mucho palabreo y nada de acción.
Después de escucharlos y disfrutar una noche con Susana, Marcos y unos cuantos amigos, comprendimos que la libre expresión debe asumirse con la responsabilidad, no sólo de ser lo que queremos ser, sino de respetar lo que el otro quiere ser como individuo, o colectivo en este caso. Que el hecho de que no haya una objetividad lo hace más emotivo, más propio. Que se tiene algo por qué luchar.
Al final, agotadas también de bailar, nunca supimos la verdad de todo este cuento. Si es la que se conoce en una noche, la que se vive durante diez años o la que no se atreve a inmiscuirse en esos asuntos.

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