Reconocer el conflicto colombiano: un primer paso para superarlo

Reconocer el conflicto colombiano: un primer paso para superarlo

conflicto_colombianoLas noticias de los ataques a Toribío (Cauca) en el mes de abril por parte de la vieja guerrilla de las FARC, nos recordaron que existe un conflicto en torno al poder político. Los medios nos transmitieron otra vez el lenguaje propio de dicho conflicto: muertes de miembros de la policía, territorios fuera del control estatal, desplazados, etc. Ese ataque a la población caucana nos recordó a los solapados civiles que vivimos en medio de la violencia política. Aún así, nuestro actual gobernante sostiene que en Colombia no existe un conflicto como tal.
El hecho de que el primer mandatario no reconozca la existencia de este conflicto político, no significa que en el territorio nacional la realidad sea como la nombra este último. Ese ataque nos indica que existen en nuestro país grupos armados que están dispuestos a entregar la vida misma por deslegitimar el actual poder político. Pareciera ser que el único que no sabe cómo es la política colombiana es el Presidente; el resto de ciudadanos sí saben cómo es: violenta y cruel.
Esta actitud de desconocimiento de la violencia no es nueva. La historia de Colombia nos enseña que los últimos gobiernos han adoptado una posición negligente frente a la obligación de conducir la vida política de los ciudadanos por senderos de la convivencia y reconciliación. Comportamientos gubernamentales apáticos que desembocan en las vías de hecho, llenas de facilismo para remediar los problemas nacionales. Nuestro primer mandatario no escapa a esa lógica histórica.
El no reconocimiento de la existencia de un conflicto armado significa que la integridad de la sociedad, sea arrojada al tacho de la basura de la guerra, donde los únicos perjudicados son aquellos que se dejan convencer de quienes sostienen que en Colombia se lucha en contra del supuesto fantasma terrorista. Miles de muertos por una errónea interpretación de las circunstancias.
La actitud del Presidente deja entrever su visión trastornada de la situación, en donde simplifica el problema real, mas no las consecuencias del mismo. Su no aceptación de nombrar la realidad con su justo nombre, no permite que se puedan vislumbrar soluciones que conduzcan a remediarla, y a su vez, es un comportamiento que conlleva a que los muertos sean colocados por aquellos que son engañados por esa alucinación presidencial.
La paranoia de nuestro gobernante es complementada por la sevicia de los grupos armados y por la sed guerrera de las fuerzas armadas colombianas; los primeros justifican su accionar violento con base en la intransigencia del Presidente, y los segundos ven en esa intransigencia la oportunidad de beneficiarse.
Este comportamiento presidencial nos hace recordar la reflexión que planteó Estanislao Zuleta frente a la existencia de los conflictos políticos que padece nuestro país. Para este pensador colombiano, los conflictos hay “que reconocerlos y […] contenerlos. De vivir, no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos”[1]. El no reconocimiento como conflicto armado es vivir en el conflicto; reconocerlo como tal, es situarse en función del conflicto, y desde esta perspectiva se pueden lograr salidas políticas al mismo.
La tozuda realidad hay que nombrarla como tal. En Colombia existe un conflicto armado en torno al juego político en donde participa una guerrilla comunista, que está dispuesta a jugarse el todo por todo por un cambio en la naturaleza del poder. Además están presentes los paramilitares, que se la juegan por luchar contra esa guerrilla, y completan el panorama las fuerzas armadas beligerantes, que se benefician de ese conflicto político. No reconocerlo es como saber que uno posee el virus del sida en el cuerpo y catalogarlo como un simple resfriado. De esta manera las medidas para combatir la presencia de ese virus no se ajustarían a su naturaleza.
La actual administración está en la obligación de reconocer el panorama nacional como es. Ya que si considera que se presenta un conflicto interno, se puede vislumbrar la esperanza de solucionarlo a través del diálogo. Así se evitaría la confrontación directa y no se echarían a la basura tantas vidas humanas.
[1] Estanislao Zuleta. “Colombia: violencia, democracia y derechos humanos”. Ensayos. Ediciones Altamir. 1991. Bogotá. Pág. 112.

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