Crónica: Adiós miedo, chao “novio” y bienvenida la realidad

Crónica: Adiós miedo, chao “novio” y bienvenida la realidad

Nunca antes había sentido miedo para salir a rumbear, a pesar de encontrarme casi siempre con la presencia de uno de los tantos ‘traquetos’ que no faltan en las mesas. Claro que esta vez no iba para un lugar de moda.

Antes de salir lo pensé tanto que al final decidí arreglarme tratando de dejarlo tirado en la cama, pero cuando entré a la discoteca gay supe que me había acompañado sin que yo me hubiese percatado. Por fortuna, Cristhian también estaba a mi lado. Se veía más convencido del papel que teníamos que hacer durante toda la noche, de modo que él fue el encargado de hablar en la portería con una señora desarreglada y obesa, de camiseta gris XL, encargada de la seguridad del lugar y de un pequeño cajón de confites. Al principio, no nos quería dejar entrar y con razón: no parecíamos novios. Andábamos muy distanciados, como dos amigos que andan ‘desparchados’, sin plata y con ganas de salir.

Estuvimos de buenas. El propietario de la discoteca apareció como por arte de magia, nos miró desde los ojos hasta los pies y por instinto (tal vez gay) preguntó para asegurarse “¿ustedes son pareja?”. Cristhian respondió que sí, y para evitar que el tipo hiciera más indagaciones le preguntó “¿qué clase de música ponen aquí?”. El viejo dijo: “aquí hay de todo muchachos: electrónica, salsa y reggaeton. Esto está hecho es para divertirse…”.

 

No sé qué otras cosas más le habrá dicho mi nuevo “novio”, porque decidí distraerme comprando un par de chicles. Al final nos dejaron entrar sin revisarnos la cintura, ni las botas de los jeans. Pasamos por una máquina que registraba cada ingreso en medio de la oscuridad típica de los bares nocturnos. Eran más de las once de la noche, así que esperaba encontrarme más gente por el calibre de la hora. De todos modos se podría decir que no estaba desértico por el tumulto que bailaba tanto en la pista como en una que otra mesa.

En la primera mesa que vimos nos sentamos cuidadosamente.

Antes de acomodarnos un mesero nos preguntó qué deseábamos tomar, pero nuestro presupuesto era tan discreto que solamente pedimos un par de cervezas. Sonaba salsa de la buena, mientras que las bombillas picaban el ojo haciendo el juego de luces en la pista circular; el ámbito se desenvolvía en humo de cigarrillos; poquito a poco el círculo blanco empezaba a ser azotado con pasos fuertes y rápidos.

Sin embargo, yo no lograba concebir que ese lugar fuera una discoteca. Podría decir que se parecía más a un espacio amplio con cuatro paredes, en donde gente diferente se divierte como cualquier persona con licencia social, haciéndose en alguna medida de la música, el trago, y a diferencia de la puerta hacia fuera: el amor. ¿Para qué uno va a una discoteca? Tenía entendido que la danza y el licor era el factor diferencial a la hora de rumbear, pero en esta ocasión supe que el amor, la interacción y las caricias están por encima de cualquier canción del Grupo Niche o del infaltable Aguardiente Blanco.

Por la heterogeneidad de gustos, la decoración del lugar era neutral: no tenía ningún cuadro o signo en relación a la homosexualidad. No obstante, primaban las lesbianas tanto en las sillas como en la pista. Algunas bailaban lentamente con austeridad y discreción, mientras que las más avezadas se macizaban con las manos en las nalgas. Por el lado de los hombres, era evidente su manera de expresar la atracción manifestada en caricias rápidas y bruscas, cuyos besos marcaban aún más las posibilidades que se podrían hacer en el territorio.

Al lado derecho de nosotros estaban dos parejas conformadas por un par de mujeres y dos hombres. En las primeras se notaban los roles de cada una, en donde una gorra, un jean sellado hasta el ombligo y una camiseta larga vislumbraban el papel del típico macho que por lo general lleva la batuta a la hora de bailar, mientras que su acompañante conservaba las modas de cualquier mujer con novio. En segundo lugar, en los hombres gay (a diferencias de las mujeres) era difícil descubrir el rol de cada género, ya que los dos vestían de blue jean y camiseta tipo polo, ajustadas como las camisetas de ciclistas. Eso sí, el amor y la tentación lo daban a conocer sin ningún problema, como si no hubiera ningún intruso que juzgara sus formas de amar tan antigua como mal vista.

Aunque traté de dejar mi gusto en la casa, fue inevitable volver a sentirlo cuando vi la mesa que estaba en todo el frente. La habitaba un grupo de seis jóvenes que se notaban que no eran de “ambiente”. Entre todos se destacaban dos ‘viejas’ muy simpáticas que se encargaron de despertar no sólo mi heterosexualidad, sino que la de mi pareja también. A él le agradaron las curvas de sus cuerpos que sobresalían entre tantas espaldas grandes, de modo que la ya conocida situación de querer bailar con alguien tuvo que esperar para otra noche.

Pero las sorpresas no quedaban ahí. El miedo también lo volví a sentir cuando la cara hinchada del dueño del ‘chuzo’ se sentó en nuestra mesa. “¿Ustedes sí son gays?”, nos enfrentó acomodándose junto a Cristhian, mientras acariciaba su pelo oscuro. Yo me quedé paralizado. Para fortuna mía, mi compañero fue el encargado nuevamente de responder a gran parte del interrogatorio.
Realmente nunca pensé que los gestos de las manos de una persona me incomodaran tanto, como si se llevaran algo de mí, porque cada que vez las movía sentía que mi tranquilidad se iba por pedazos, dejándome cada vez más desarmado y desprovisto del sosiego.

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