Carne de mi Carne

Carne de mi Carne

solían cobrar al estilo Corleone. Eso sí, con una clara influencia de Pablo, un maestro local.

Abrió la chuspa y la cabeza estaba allí, con la
boca abierta, gestos de agonía, y la notable angustia ante su inminente
destino lejos del resto (tronco, piernas y las otras cosas). Grotesca
escena, tocando casi los bordes de la comicidad… perfecta para
Tarantino en una escena de Kill Bill. Lo que no resultó gracioso fue
que la primera en ver esa imagen (cabeza ensangrentada y deforme),
resultó ser la madre, la que parió al idiota que se dejó descuartizar.
Una vez comprobó que se trataba de Martín se tiró al suelo
delicadamente, no como un desmayo, sino con resignación, dirigió sus
ojos al piso y empezó a gritar, a convulsionar. Ahogando su agonía en
un líquido que podríamos llamar refinadamente Vomito. 

Martín se enamoró y se lo contaba a sus amigos. “Hermano es una
viejota, usted viera…estoy llevado, ‘parce’…esa mujer me trae loco…”
Eso les decía a todos y también les aclaró que no se trataba de
cualquiera. “Es una gomela bien goma… ¡y tiene plata!… Mejor que
enamorarse es delirar; es soñarse amando. No la conocía y ya estaba
tragado. Perdió la cabeza por primera vez. Le habló en la cafetería
mientras tomaba tinto y él se sentó a su lado. Le preguntó el nombre e
hizo todo ese ritual de cortejo de frases chistosas y pretenciosas.
Tuvo éxito. Carolina lo invitó al apartamento. El fin de semana
salieron.

Por supuesto, se quedó sin un centavo pero no le importó, la tenía a
ella y era suficiente. Tuvo que comenzar a pedir prestado para ropa; su
condición de marginal no lo libró de imitar las costumbres burguesas de
su novia. Afortunadamente contó con la ayuda de sus amigos del barrio,
‘el paisa’ y su combo — buenos muchachos—, sólo que veían demasiadas
películas de gangsters y solían cobrar al estilo Corleone. Eso sí, con
una clara influencia de Pablo, un maestro local.

Carolina lo dejó cuando sus amigas se burlaron de él. Se arrepintió de
salir con Martín. Mucho trabajo le costaría recuperar el prestigio

ganado con años de esnobismo y
Desprecio. Entre tanto, Martín no logró deprimirse y a pesar de sus
intentos no lloró y sólo consiguió asimilar la situación cuando ‘el
paisa’ empezó a cobrarle. Entendió la estupidez de su novia y la
superfluidad de sus actos. Para él, ese episodio fue un gran cúmulo de
güevonadas

Lo encañonaron al bajarse del bus. Golpes en el estómago y en la
cabeza. Tirado en el andén suplicó misericordia. Sólo el revolver frío
en la sien logró callarlo. Un garaje fue buen sitio para
descuartizarlo, fumarse unos cachitos y ‘comerse’ unas ‘fufas’. Los
buenos muchachos realmente disfrutaban eso.

Doña Clara asaba arepas en la esquina; de vez en cuando carne. Como ese
día que llegaron los muchachos en la camioneta con un par de libras
“para una fiesta”, — le aseguraron — pulpitas y blandas, no se pudo
resistir. Doña Clara se comió un buen pedazo. Al rato regresaron los
pelados con una chuspa en la mano; la sangre destilaba. Se la
entregaron y desaparecieron corriendo. Abrió la chuspa y la cabeza
estaba allí, con la boca abierta, gestos de agonía, y la notable
angustia ante su inminente destino…

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