Ciudadanías del miedo

Ciudadanías del miedo

Las ciudadanías del miedo son el resultado de una política que establece al miedo como argumento de gobierno y acción.
Cada movimiento social nos vende un miedo nuevo: el medio ambiente, los derechos humanos, las nuevas sexualidades. Habitamos “la comunidad del miedo” (Beck, 1998) propia de la sociedad del riesgo. Pareciese que fuera fashion sentir miedo, o mejor, es bien visto tener miedos e invocar más seguridad, más protección, más padre-autoridad. Sentimos miedo por todo. “El miedo hoy se libera de su vergüenza y parece constituirse en la única emoción capaz de acercar la salvación. “Hay que tener miedo” es la consigna” (Reguillo, 2000: 187).
“El miedo es siempre una experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida” (Reguillo: 189). He ahí la fuerza performativa del miedo, ya que es un símbolo-relato-realidad producido para lo individual, lo social y lo cultural. El resultado: la ciudad de los miedos produce multitud de guetos que se temen unos a otros; cada ciudadano es una ciudad que excluye a otra para así sentirnos supervivientes.
A todo este fenómeno de la producción de miedos (virus para la seguridad) se le puede denominar Ciudadanías del Miedo, como lo hizo contundentemente Susana Rotker al titular así el documento-libro que coordinó[1]. Las ciudadanías del miedo describen esas “vivencias cotidianas que apuntan al sentimiento urbano de indefensión generalizada y al riesgo de la parálisis o de la búsqueda de mecanismos represivo que logren controlar el descontrol” (Rotker: 16-17).
Peor ahora que nos venden el miedo en forma de terrorismo. Cualquier parecido con Bush en USA, Aznar en España y Uribe en Colombia es pura coincidencia. Las ciudadanías del miedo son el resultado de una política que establece al miedo como argumento de gobierno y acción: “Líder es quien apela al miedo, quien interpreta el miedo, quien encarna la respuesta primaria frente al miedo. Su credo es fundamentalista y chovinista. Su programa de gobierno es un revuelto de pragmatismo y simplismo, de ignorar el matiz, lo complejo, el mañana. Su ética es creer que hay ‘los buenos’ y hay ‘los malos’, no las acciones buenas y las malas. Su estética es machista y provinciana, sus lecturas no pasan de los memos” (Gómez Buendía, 2004: 25). El  miedo genera rating. Nadie más súbdito que un ciudadano asustado.
Estas ciudadanías del miedo (habitar la inseguridad, experiencia de victima-en-potencia, guerra no declarada, rabia y bronca) producen modos de estar en la ciudad:
▪ El habitar en la inseguridad ha llevado a que los ciudadanos asistan masivamente, para ganar control y seguridad, a los centros comerciales como experiencia sustitutiva del espacio de encuentro de la plaza pública. “El comercio provee ahora lo que las instituciones urbanas y estatales han dejado de proveer: espacios civiles para el ocio y el encuentro” (Rotker: 18). Así, se ha abandonado lo público-ocioso para habitar lo privado-productivo.
▪ Este modo de experienciar la vida, la ciudad, lo público privatizado produce un nuevo sujeto: “No se trata del miedo manipulado por militares, torturadores o dictadores (…) es el miedo cotidiano, el de víctima-en-potencia (…) Salir a la calle es una aventura cotidiana… ese miedo conforma hoy la más profunda de las verdades… se desconfía de cualquier semejante que fije la vista en uno por varios segundos seguidos” (Rotker: 18).
▪ Este estado de víctima-en-potencia ha llevado a que la vida diaria se viva como una “guerra no declarada”, “una guerra civil donde no hay espacios de refugio ni lemas patrióticos ni proclamas programáticas ni dirección u objetivos a mediano o largo plazo” (Rotker: 19). Una guerra civil que reescribe el texto de la ciudad y sus reglas de juego.
▪ Las ciudadanías del miedo en América Latina junta los miedos producidos por el Estado, las élites, los medios de comunicación y las mitologías urbanas, con los sentimientos de rabia y bronca del sujeto cotidiano ante el maltrato, la inequidad, la injusticia y la exclusión social, política y cultural. La rabia se da al sentirse excluido de las ilusiones del libreto de la vida. Y una sociedad con rabia produce una cultura del resentimiento. Cultura en la cual violar la ley no importa; se habita guetos podrido de odios; sociedad de monstruos antes que ciudadanos.
“Los ciudadanos del miedo somos, potencialmente, todos” (Rotker: 22). Somos los hijos del resentimiento heredado; de ahí nuestra bronca; de ahí que los grupos de poder se escondan bajo vigilancia en sus opulencias privadas; de ahí que cada sujeto por fuera del mundo de las oportunidades produzca –y sienta– miedo.
[1] ROTKER, Susana (2000). Ciudadanías del miedo. Caracas: Nueva Sociedad.

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