Más que un nombre

Más que un nombre

Ya no se trata únicamente de tenerle miedo aposibles asesinos o terroristas sino a la naturaleza misma. Hace rato me he vuelto poco amigo de ver televisión. Huí de los noticieros y encontré un refugio temporal en los llamados canales culturales y de documentales. Pero poco a poco también les he cogido bastante fastidio porque — salvo excepciones— les ha dado por adoptar más y más la cultura del miedo de la que tanto habla Michael Moore en su documental Bowling for Columbine.

No sólo me refiero a programas como Los archivos del FBI y Los Nuevos Forenses (o como se llamen) sino a los mismísimos documentales sobre la naturaleza. Ahora la moda es ponerles nombres aterradores: Planeta feroz, Duelo animal y similares, que seguramente venden mucho más que —por ejemplo— Mundo Natural”.

Es la cultura del miedo llevada a extremos preocupantes. Porque ya no se trata únicamente de tenerle miedo a posibles asesinos o terroristas (lo que de por sí genera una sociedad dispuesta a aceptar toda suerte de medidas represivas) sino a la naturaleza misma. Miedo a los árboles porque pueden caer. Miedo a la vida silvestre.

Y como hay que tenerle miedo a todo eso que sea distinto a nosotros, pues bienvenidas las talas, la caza, la depredación de los océanos, la destrucción de cualquier sitio donde habiten estos enemigos. Si acaso queremos verlos, que sea tras las rejas de un Zoológico o los vidrios de seguridad de un acuario.

Nos enseñan a creernos seguros en el pavimento, en el césped recortado, en paisajes uniformes y previsibles como si la única solución viable fuera convertir el planeta entero en un insoportable campo de golf.

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