Tu primera vez

Tu primera vez

Luego de 13 largos meses de una bonita amistad, nuestro noviazgo comenzó. Con un delicioso beso aceptaste –¡por fin!– mi reiterativa propuesta. Había pensado en desistir muchas veces, pero caía constantemente en la trampa de la esperanza, confortándome con que “el que persevera alcanza” y cuestionándome con que “lo que no es para uno, nunca lo será”. ¡Vaya alternativas del refranero popular!

Probamos entonces las mieles del amor bocado a bocado, sorbo a sorbo. Como te gustan las cosas: paso a paso, grano a grano, con la paciencia que sólo tú y las piedras pueden tener –¿el amor también la tiene?–. Como al estar enamorado el tiempo vuela y simultáneamente se congela, ya me había acostumbrado a esperarte. Que hagamos esto, tal día, a tal hora, en tal lugar, porque te parecía apropiado para organizar con detalle tus cosas. Mis espontáneas proposiciones te sacaban de casillas y se resignaban ante las ya planeadas. Y yo aceptaba.

Y en cuanto a hacer el amor, la vaina se complicaba: que la lluvia, que el miércoles, que el sofá; que tu hermanito, que tu estudio, que tu ciclo; que mi abuela, que mi trabajo, que mi ánimo. ¡Ahj! Cuando el destino conspiraba para que fueran nuestros cuerpos quienes se expresaran, aparecía de la nada –qué digo, de tu mente– una razón, motivo o circunstancia para que me susurraras “después”. Y yo escuchaba.

Decías que no era cuestión de religiones, paradigmas, miedos; te afirmabas en tus experiencias previas con otros hombres. Una mujer liberada. Pero… con ese asunto… a ese ritmo… Hasta un futuro matrimonio no aguardarías y al mismo tiempo repetías que “lo mejor es esperar”, cuando con sutileza te insinuaba ir más allá de tomarnos de las manos, entrelazarnos caminando, hacer siesta juntos, despedirnos abrazados y besarnos frecuentemente en la boca –nada más que en la boca–. “Lo normal” según comentaban tus santurronas amigas. ¡Pura mojigatería! Y yo creía.

¡Y por supuesto! Con el excitante sabor y olor de la pasión, las hormonas no tenían más que hacer sino alborotarse –además de que estabas buenísima–. Las mías se cocinaban en olla a presión y las tuyas en baño María. Las ganas eran dosificadas con un filtro de excusas, más que de circunstancias. La tentación crecía exponencialmente a medida que nuestro objetivo –¿sólo mío?– estaba en la punta de la lengua y la nariz y los dedos y los labios y… Tú apagabas el fogón cantando “Lento”. Y yo aguardaba.

¿Cuánto gasté y me desgasté en los muchos intentos? Pagamos por entrar a suites a dormir en cama de agua, a mirarnos vestidos en miles de espejos o a ver aquello que esos televisores sí “cogen” –¡y ni así!–. Los moteles, residencias y hoteles se hicieron unos buenos pesos por las iniciativas fallidas de los impulsos: “hoy, no”. ¿Lugares diferentes? Descartados de tu agenda por improvisados. Esa “metodología” para llevar nuestra relación se convirtió en un loop, en un algoritmo cuya solución estaba en el comienzo del problema. Hablábamos sobre el tema más que si lo hubiéramos hecho en realidad. Y yo entendía.

Parecía que el calendario superaría ese récord de ‘cuadrarnos’, pues los días comenzaron a pasar. Y a pasar. Y a pasar. Era una insoportable dieta. Sólo me decías “take it easy…”. Y yo queriéndote tanto, tanto, sólo pensaba que “al que le van a dar le guardan”; que el banquete final sería un exquisito abrebocas; que habría Coca Cola helada para la sed; que el postre sería lo mejor de la comida; que podría repetir cuantas veces quisiera. ¡Qué hambre tan tenaz! Y yo me relamía.

Finalmente fijaste el día para que todo se diera –TODO, literalmente–. ¿Cuántas lunas pasaron? Mi soledad sí lo sabe. Luego de una agradable cena y unos tragos, fuimos al único sitio que nos faltaba por visitar. Lucías preciosa esa noche. Murmuramos sinceros “te amo…”. Sonreímos. Callamos. Despacio, como querías, nuestros desnudos cuerpos comenzaron a jugar con la incontrolable ansiedad de besos inhóspitos, caricias ingenuas, abrazos acaparadores, miradas directas, olores clandestinos, palabras nuevas, sexos húmedos a punto de…

Así fue tu primera vez. Conmigo. La primera vez en la vida que te dijeron: “¡andate a la puta mierda!”. Y yo… seguiré esperando.

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