De Mapas y Territorios

Levantarse todos los días por el mismo lado de la cama, recibir el cuerpo de Cristo, sollarse un concierto, ir al baño, postrarse hacia la Meca, follar con gusto.

Alfred Korzybski, padre de la semántica general, escribió “el mapa no es el territorio”. Intentaba ilustrar que lo único que hay en la mente de los seres humanos son representaciones de la realidad. Olvidar esto —confundir mapa con territorio— es olvidar que hay un más allá desconocido del cual también hacemos parte.
Confundirlos parece absurdo. Nadie en sus cabales pensaría que la estrella rotulada como Bogotá es la ciudad de Bogotá. Nadie mira desde el avión al suelo esperando ver una estrella gigante. Sería estúpido. Sin embargo, constantemente confundimos una cosa con la otra y terminamos encerrados en el mapa. Sentimos que hay un vacío que debe ser llenado y un viaje que debe ser iniciado. Aparentemente, nadie indica el camino.
Encerrados, creemos en un orden arbitrario. Somos como Jim Carrey al principio de The Truman Show. Sentimos el Caos que está aquí y ahora pero no somos capaces de llegar a él. Caos mas no desorden, es generador de todo lo existente. La percepción lo filtra y lo hace digerible. Tenemos un mapa y resulta que no sirve. ¿Qué hacer cuando una herramienta ya no funciona? Usamos otra. La solución, entonces, es recordar que el territorio es dinámico e imposible de percibir en su totalidad, que el mapa solo nos permite navegar por las zonas conocidas. Salir del encierro es dibujar un nuevo mapa que nos permita llegar más allá, donde habitan los monstruos marinos.
Dibujando mapa sobre mapa, corremos para quedarnos en el mismo sitio. Mapa sobre mapa, inventamos ritos que son rutas. Las navegamos, plenos de conciencia, cuantas veces sea necesario. Puede ser una ruta simple, ir del punto A al punto B en línea recta. Puede ser compleja, una curva que pasa por ochenta y seis mil cuatrocientas estaciones, vuelve sobre sí misma ciento sesenta y ocho veces, y termina en el punto de partida.
No importa. Lo que vale es seguir la ruta, paso a paso. Levantarse todos los días por el mismo lado de la cama, recibir el
cuerpo de Cristo, sollarse un concierto, ir al baño, postrarse hacia la Meca, follar con gusto. Hechos con plenitud, todos son ritos. Rutas simples o complejas, pero rutas al fin y al cabo. Los hindúes hablan del Karma-Yoga, la meditación a través de la acción. Cada momento de actividad es trascendente, es un paso en la ruta rito del mapa. Pasos que nos mueven por el territorio pero que no nos llevan a ningún lado más que al aquí-ahora.
Confundir el mapa con el territorio es negar la naturaleza trascendente del rito, vaciarlo de contenido y convertirlo en parodia. La ruta se torna en riel por donde nos deslizamos sin remedio. Vacía de significado ella, el mapa se vuelve cárcel, deprimente y mortal.
Entonces a buscar —en cada instante— nuevos mapas y nuevas rutas que nos permitan viajar desde nuestra individualidad hacia el todo, volver a ser parte del Caos generador y volver a unir a cada hombre con su dios.

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