Poesía para olvidar

Poesía para olvidar

Ritos
Es mejor no centrarse en niveles de calidad relativos a la vanidad y la aceptación y que buscan dar una sensación de bienestar, más o menos como la marihuana o los realities, con el perdón de la marihuana.
En mi cuadro Café por la noche, intenté expresar que
el café es un sitio donde uno puede arruinarse,
volverse loco, cometer crímenes
”.
Vincent Van Gogh,
8 de septiembre de 1888
Contar no, cantar, es poesía. No contar en el sentido de cuento, no narrar, sino decir, algo, de una forma bella. Lo bello y lo estético –incluso lo romántico-, por deformaciones varias y por pereza de los adultos, supongo, nos ha sido enseñado como algo “cursi” o “bonito”, en el sentido más superficial y tonto posible. No debe tomarse la poesía de un modo ingenuo ni puritano. Estaría bien definir entonces la belleza como “la propiedad de las cosas que nos hace amarlas.
Lo feo, lo grotesco, lo irritable, lo irritante, lo vulgar, lo indecente, lo que repele, lo que ofende, lo que molesta, lo que arremete, lo que estorba, lo insultante, lo inconfesable, lo que exacerba, lo que exagera, lo que perturba, lo que incomoda, lo inmoral, lo escandaloso, lo morboso, lo enfermo, lo enfermizo, lo que exaspera, lo que no tolera nadie, es bello, debe ser bello en tanto fuerza motor del mundo. ¿Quién puede decir, acaso, que el amor no es feo, grotesco, irritable, irritante, vulgar, molesto, insultante, inconfesable, incómodo, escandaloso, morboso, estorboso, enfermo, enfermizo, exasperante, intolerable… además de hermoso, generoso, malicioso, rencoroso y decoroso premio de insatisfacción, desdicha y tristeza?
Así es la poesía porque la vida es así. No se debe pensar, en todo caso, la poesía como poesía, sino más bien la vida como poesía o pensar la poesía como una vía verbal posible para expresar de manera confesional, un sentimiento estético producido por la vida, y que es inexplicable, injustificable y directamente imposible fuera de las “leyes misteriosas”, llamémoslas así, a las fuerzas musicales, armónicas y melódicas de la poesía. Creo que la carga poética, o la carga de belleza que pueda o no tener un poema depende en alto grado y definitivamente, de características muy específicas del momento creativo como el único momento posible.
Por otra parte, poder distanciarse del nivel de conciencia que inevitablemente se tiene sobre la actividad que se hace, sobre el hecho concreto (escribir un poema) es, en mi opinión, la mitad del poema. Hacerlo pensando demasiado concientemente que será un poema o que será poesía, distrae y paraliza en tanto que se pierde de órbita con facilidad que la poesía está en una uña o en una silla y engloba el pensamiento a lugares inaccesibles, inasibles y confusos. No debe pensarse que no hay que pensar. Hay que pensar y no pensar. Pero no pensar, o no pensar tanto, es un derecho y un deber de inestimable valor espiritual y poético. Por ejemplo, pensar que lo que uno está haciendo es algo bueno, o regodearse con lo que puede ser o llegar a ser un poema, lo predetermina, lo condiciona y generalmente termina siendo algo malo y pobre, puesto que centra su atención en niveles de calidad que son categorías huecas del pensamiento relativas a la vanidad y la aceptación, y que buscan dar una sensación de bienestar, más o menos como la marihuana o los realities, con el perdón de la marihuana. Que a uno le guste lo que hace, está bien, de eso se trata. Que evidentemente existan niveles de calidad, y se conozcan y con relación a ellos uno se exija, es perfecto. Lo que quiero decir con esto último es que un poema que se hace sin la suficiente dosis de insatisfacción empobrece y carece de valor poético, de belleza. Pienso que no se debe escribir poesía para la posteridad; se debe escribir para olvidar… para deshacerse de uno.
Diccionario de la Real Academia Española, vigésima primera edición.

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