Sobre los caminantes del desierto

Sobre los caminantes del desierto

Se han encontrado en el desierto dos almas errantes, un par de caminantes solitarios que de cuando en cuando disfrutan algún tiempo de mutua soledad. Se han mirado, poco más de un minuto algo más que una eternidad.
El fuego rompe la monotonía del ocaso, las chispas como destellos que se elevan, manchando por momentos el azul del horizonte. El silencio, dicen, siempre es rey del desierto, pero el viento reina y entre las murallas del laberinto las dunas se alejan, como pasos de gigantes, tumbas de dioses etéreos que van de aquí para allá. El olor de la compañía se hace latente, el mortecino fuego enciende la silueta de las sombras, y la luna en la distancia, colorea las arenas de tempestad. Oscura y penitente la tierra rinde su fulgor a la noche mientras las huellas del pasado se desvanecen y el sonido del desierto se ahoga entre el rumor de la madera en llamas.
No existen las palabras en aquel desierto, tampoco existe el eco allí donde no hay palabras que se quieran reflejar, ni almas que se quieran encontrar. Los caminantes callan, solo los murmullos de sus rezos rompen el hechizo del tiempo, no necesitan conocerse. Para ellos las palabras fluyen en los hombres como ríos desbocados, cuchillos empuñados bajo el deseo de la sangre negra y la mezquina realidad. Las palabras son realidades amargas, ambrosía de condenados e inmortales que ya no osan callar ni escuchar. Los otros casi como ellos han perdido el deseo de contemplar, ahora el sonido de sus máquinas se hace al eco del olvido y los hombres, los hombres han perdido su memoria entre el retumbar de su artificialidad. Sus voces son falsas y sólo dibujan sombras como en la cueva los eternos o los pintores, intentando sin éxito esbozar sus otrora sueños sobre el manto de las nubes.
La noche ha madurado y se inclina sobre sus últimas horas, del fuego sólo quedan unos pocos trozos de madera y cenizas humeantes. Sola está la pálida fosforescencia de la luna que hoy es menguante y las estrellas amontonadas en el cielo que perpetúan la insignificancia del ser. Unas pocas oraciones más bastarán para alejar de los sueños las pretensiones de inmortalidad, la arena calla y entre sombras dos hombres esperan con paciencia, sus manos empuñando con recelo las armas.
Se acerca la mañana, sobre el oriente el brillo de los primeros rayos de sol rompe el filo de las montañas. La insolente brisa de la alborada castiga aquellos hoyos vacíos, la arena que se asienta sobre los ojos limpiamente mutilados formando poco a poco pecas de claro color en la sangre coagulada.
Dos caminantes se han encontrado en la noche con la certidumbre de la muerte jugueteando entre sus dedos; es hora y el día llega sin afán, sobre el cielo, como un rey, se empotra el sol enardecido. El caminante da una última mirada a su viejo compañero que yace ahora sobre el desierto buscando sin ojos el último consuelo, la sangre corre allí donde ni los rayos del sol limpian la mancha de las sombras.
Sonríen, uno sin ojos, el otro con aquellos en una bolsa de piel. Por fin un oponente digno, el más viejo caminante caníbal calla ahora destronado mientras de sus fosas brotan las lágrimas y tiñen de vida la arena a sus pies.
Estas palabras nunca serán contadas porque allí las voces murieron serenas y porque los caminantes no comen lenguas, son ávidos de la orgía de las miradas y secan los ojos con el sol para luego salarlos con las lágrimas en los dominios de la luna. No es más que el alimento del alma en un mundo donde el mundo ya ha sucedido y sólo reposa sobre la brisa el jadeo de la desesperanza.

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