Tecnotopía

Tecnotopía

Miro mis manos y veo pura sonrisa. Veo la de los otros y me brillan a verde, a chanel, mitsubishi, a jota y a hoffman, coronas rojas y supermanes. Hay agua, cerveza y cocteles. No puedo parar.
Pumm… pumm… pumm… Aún no entramos y ya el bajo retumba en los oídos. Se iguala al corazón y lo acelera. Pumm… pumm… pumm… Totea a 150 beats por minuto. Pumm… pumm… pumm… Y no nos hemos comido nada.
Adentro hay mil luces que se confunden con el sonido y el éxtasis. Esta es una rumba pagana y todos lo sabemos. Es el escape del que no hay escape. Está buenísima.
Y el sitio está reteto. Todos juntos. Todos cómodos. Me gozo a los seres que se manifiestan afecto; a parejas de cualquier género que se besan; a los amigos que se abrazan y comparten como niños que juegan y expresan cariño mientras el mundo afuera sólo clama odio, poder y venganza.
Me llena el cromatismo de los candys. Y me place saber que estoy con alguien. Que no he ido solo. Que voy con amigos. Y que nos contamos los unos para confiar en los otros. Soy parte de su mundo y ellos del mío. Es una logia. Reconozco rostros de otras rumbas. Hay una complicidad. Un vínculo creado. Un afecto sentido. A veces expresado. Otras veces no expresado. Síííí… podemos entendernos. Sólo paz y afecto. No hay espacio para la violencia.
Me empujan y me la gozo… Me piden un cigarro y prendo un briket… Miro sus rostros y me seducen. Me pierdo en un escote. En el de todas: las serias, las locas, las fáciles y las pagadas. En un rostro. En un color que se mueve. En la emoción. Observo sus ojos y también yo voy volando. Disfruto de sus pintas y sus sonidos. Siento sus collares fosforescentes moverse y que su cuerpo va con ellos. Todos negamos el mundo pero aquí construimos el nuestro. Quiero un ‘bombombum’ y una menta heavy metal.
Miro mis manos y veo pura sonrisa. Veo la de los otros y me brillan a verde, a chanel, mitsubishi, a jota y a hoffman, coronas rojas y supermanes. Hay agua, cerveza y cocteles. No puedo parar. El piso tiembla y me hundo. Las cabezas vuelan en medio del strover. La adicción a los bajos me seduce. Me han contagiado y ahora contagio. ¡Vamos a los bajos! Se siente calor. Se siente fuerza. Los oídos sienten orgasmo. El corazón va a estallar. Huele a yerba. De la montaña para la ciudad. Somos sentido urbano, sonido y pitos. Todavía niños. Todavía vivos…
Hay fogatas de gente y de ropa. Y un rito en torno suyo. Hay fuego prendido y ganas de seguir. Estamos recreando un viejo mito. El de siempre. El que se hace en torno a los otros. El baile, el ritmo y los sonidos. Somos música que fluye. Cadencia que entona. Juntos somos armonía. Y qué viaje. El del DJ que irradia energía y no para. Es un chamán que guía las emociones. Las genera, las pincha, las baja, las gira y las raya hasta explotar. Pummmmmmmmmmmmm…
Y el otro viaje. Que es el mismo viaje. Caminar. Comerse el mundo en las miradas de los otros. Y se gastan sólo algunas horas. Recorrer cada rincón. Sentirlos cerca. Sentirlos a todos. Mirarlos a todos y entrar en sus ojos, en su rumba, en nuestra rumba. Que no termine. Que no se extinga. El sonido sigue. Pasa el tiempo que no pasa, pero pasa… Son horas sintiéndose vivo, reconocerse vivo acabándose, gastándose. Muriendo que es viviendo…
Llega el amanecer. El silencio es algo extraño. A veces va en el alma. Esta vez llega. Las imágenes están pegadas en los ojos. No hay sueño y los ojos abiertos, encendidos, sólo anhelan más colores y más sonido. El lugar empieza a quedarse solo. Le han impregnado energía. Se siente un vacío. Ha llegado el día.
Salgo vivo.
Vuelve el día.
Anhelo la noche…

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