Under peruvian skies

Under peruvian skies

Mientras en USA la juventud se carcome en depresión, en Cusco la juventud baila en las calles con sus uniformes escolares. Es una ciudad musical en donde se baila con orgullo y se habla con melodías.
Según Manfred Max Neef “no hay acto creativo en un solo mundo . Se deben abrir puertos y lograr interacción invisible con el silencio, para así alimentarse y energizarse con factores difíciles de comprender por los sentidos básicos. Como adolescente citadino y consumista promedio, he sido influenciado de forma constante a través de los pocos años que he vivido. Siempre ha estado ahí el bombardeo de superficialidad y banalidad. Año tras año, las células cerebrales olvidaban la hermosura de la fantasía. Los pensamientos sobre gnomos, espíritus e imperios, se esfumaban mientras pensaba en la forma correcta de bailar en las minitecas, tener los zapatos adecuados y mantener un comportamiento aceptable frente a la autoridad educativa.
Afortunadamente en mi vida llegaron cuestiones de ‘este mundo’ que me ayudaron a recuperar el intercambio energético con los ‘otros mundos’, cuestiones simples que lograron aclarar la percepción social, cuestiones que están ante todos y pocos respiran. La pintura, el ‘metal’, mis domingos en Dapa, muchos catalizadores me ayudaron a romper cadenas. Sin embargo, uno de ellos se lleva el protagonismo: mi viaje a Perú.

 

El viaje se logró con la ayuda de unos y el rechazo de otros, pero ante todo la coordinación y los deseos de dos amigos de vida, dos hermanos del alma. El recorrido era sencillo y circular. Lina, mi compañera de viaje, lo explicaba inocentemente así: “llegar a Lima, pasar por Cusco para poder ir a Machupicchu, ir al Lago Titicaca, conocer Arequipa y volver a Colombia”. Curiosamente todo cambió. Recorrimos lugares no planeados, y más que conocerlos, absorbimos sabiduría y poder de cada uno de ellos.
Al llegar a Lima es difícil no asombrarse ante las características ‘alienígenas’ de esta ciudad. La atmósfera mantiene una nube constante que jamás descarga su lluvia y se respira una humedad que por poco se asemeja a respirar líquido. Al caminar, partículas microscópicas de agua se adhieren al tejido facial, enseñando un clima nuevo e interesante.
Desde el punto de vista geográfico, siempre esperé la típica playa costera. Sin embargo, encontramos una pendiente rocosa que coquetea con un mar oscuro y frío imposible de divisar a más de 30 metros, dado que un revoltijo constante de vapor esconde con celo “la alta mar”. Fantasmagórica e intrigante es la costa limeña.
Después de digerir las características naturales, no fue difícil asociarse con Lima. Su estructura urbana es típica de capital latinoamericana: áreas ricas, áreas pobres, áreas históricas, McDonalds, etc. Socialmente es radical la división de razas y clases (mucho más marcada que en Colombia), las clases medias y el mestizaje son cuestiones casi inexistentes: se es rico o se es humilde, se es español o se es indígena. La comunicación entre bandos es muy poca.

 

Después de conocer Lima partimos a Cusco. Es en este momento donde lo increíble ocurre. Cusco es probablemente “mi ciudad perfecta”, en la que es innegable la influencia Inca. Lo europeo interactúa con lo andino, dando una estética bohemia y acogedora. Existen variedad de bares, ruinas por doquier y gente de todo el mundo dispuesta a interactuar. Socialmente impresiona el positivismo: mientras en USA la juventud se carcome en depresión, en Cusco la juventud baila en las calles con sus uniformes escolares. Es una ciudad musical en donde se baila con orgullo y se habla con melodías.

En una mañana fría acompañada con buen “Mate de Coca”, abordamos el tren que nos transportó a Machupicchu. Realmente es un lugar mágico, un viaje al pasado. La perspectiva sobre los Incas cambia en este lugar. Se exponen las diferentes teorías sobre el porqué de los templos. Se dan a conocer las características físico-eléctricas de las montañas, y consecuentemente, las leyendas sobre sacerdotes que absorbían los campos magnéticos en el “Templo del Sol”. Interesante.

Acompañando la sagrada ciudad, cual si fuera eterna guarda, siempre erecta y poderosa, está la gran montaña “Waynapicchu”. Debo decir que al recorrer el espiral ascendente a esta gran protuberancia, paso a paso se desmoronan las personalidades, se transforman las perspectivas y se adquiere un ojo más. Una experiencia de vida necesaria.
Con un estado físico casi intacto y todavía caminando con medias blancas, partimos a Puno. Debo decir que esta ciudad es una gran contradicción, ya que la costa del Titicaca aporta hermosura natural pura, pero también (para los ‘tropicalongos’ salidos de ciudades a 1000MSNM), infierno natural puro. Es obvio que nuestra circulación sanguínea y receptores térmicos temblarían ante 4300MSNM y 15o C, pero en realidad la falta de preparación y ropaje adecuado multiplicó el sufrimiento. A pesar de los percances, recorrimos con total satisfacción el Lago y sus islas interiores. Fue un placer compenetrarse con el sistema de vida de los indígenas Uros, quienes han construido todo un sistema de islas flotantes en cadena a través del Lago, logrando mantener una vida sana sin los contaminantes artificiales del modernismo.
Después de recorrer el Lago y sus islas flotantes, llegamos a la gran isla natural de Taquile. Esta isla es especial por su sistema social y sus características físicas. Los indígenas locales han autoimplantado un sistema socialista, en el cual se vive una igualdad absoluta entre familias. Todo, desde el menú diario hasta los productos mensuales por familia, es decisión conjunta del pueblo para el pueblo. La estructura interior a la isla tiene características desoladoras, ya que el sistema no ha permitido el desarrollo tecnológico. La luz eléctrica es prácticamente inexistente y las calles sometidas al viento producen un sonido somnoliento. De alguna forma las plazas y caminos de Taquile me recordaron a aquellos pueblos fantasmas de las viejas películas del oeste americano.

 

Llegando la noche, Taquile tuvo un cambio radical. Pronto, un ángulo completo de 180 grados sobre mi cabeza se iluminó, exponiendo el cielo más estrellado que se pueda ver, inmediatamente el suelo se
prestó como colchón y disfruté varias hermosas horas bajo ese cielo que parecía reventar luminiscencia. En aquellos días en la mitad de la nada, lejanos del urbanismo, vimos el cielo más estrellado de nuestras vidas, y navegamos por las aguas más planas, cristalinas y calmadas. Una experiencia extrema y hermosa en tierras indígenas: momentos de meditación, experiencias existenciales y purificación emocional.
Tras el cansancio físico de Puno, nos reconfortamos en Arequipa, ciudad linda de clima amigable y arquitectura colonial, receso necesario para luego recorrer nuestras dos últimas estaciones, ambas contrarias en naturaleza: Huacachina y Paracas.
El desierto de Huacachina es un lugar no tan turístico, lo cual hizo de su visita algo espontáneo. Kilómetros y kilómetros de arenas calientes se prestan para actividades emocionantes como el sand-boarding y los boggie-rides. Definitivamente los amantes del vértigo deben visitar este lugar. Huacachina es un lugar versátil, el cual propone aventura de día y fiesta de noche. Las clásicas fogatas nocturnas fueron momentos perfectos para interactuar con diferentes culturas, logramos establecer comunicación, y las agradables discusiones sobre política y cultura complementaron el carácter enriquecedor del viaje.
Con nostalgia hicimos el último trayecto vial. Algunas horas nos acercaron a la costa Pacífica y llegó el fin de la aventura. En nuestros últimos días nos empapamos con la hermosura marina de Las Islas Ballestas en Paracas. Recorrimos estas formaciones coralinas, disfrutando de compañía animal constante. Familias enteras de leones marinos brincan, bailan y posan ante los espectadores, mientras un cielo denso en aves hace de este momento algo perfecto.
Definitivamente, viajar a Perú vale la pena. Ahórrense ese viaje a San Andrés y adquieran el “tercer ojo”. Para mí fueron 25 días de algo que no se olvidará.
¡Viva la Pachamama!
tomada del video “Congreso: Acto creativo” propiedad de la Universidad Javeriana, por Manfred Max Neef.
Tercera ciudad peruana en tamaño, sagrada en la era Inca. Originalmente se escribe Quosco.
Té elaborado a partir de las hojas de coca, importante en las costumbres indígenas.

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