Andy Warhol. El consumo como retrato

Andy Warhol. El consumo como retrato

Warhol había revelado un terrible secreto de nuestro tiempo: “El arte no es más que lo que los espectadores consumen”.En noviembre de 2005, en una subasta realizada en la casa Christie´s de Nueva York, un hombre de saco y pantalón negro Armani de línea habana, camisa blanca Dolce & Gabbana sin corbata a cuello abierto y tenis de Barlovento verdes, pagó un millón doscientos cuarenta mil dólares por un papel de 45 x 60 centímetros, en el que está plasmado un billete de dólar

Pensar que un billete de dólar puede valorizarse en 1.240.000% puede parecer curioso a las teorías económicas, mas no genera desasosiego a los ojos del arrogante mercado de nuestra época y menos, al desenfreno consumista que plasmó Warhol como vida y obra.
Nacido en Pittsburgh, Pensilvania, el 6 de agosto de 1928, y dedicado a la pintura desde 1960, Warhol no sólo es el ícono del arte pop sino también su mayor tentación, su mayor desenfreno y su mayor desencanto. Bajo los insomnios que causaba la Guerra Fría en tierras de Norteamérica, y en un momento en el que el arte abstracto arrinconaba las tendencias del arte figurativo, Warhol se atrevió a crear una radiografía icónica de la vida diaria de la clase media norteamericana.
Su obra, dotada de la más sagaz capacidad publicitaria, tuvo como mayor objetivo el retrato de la reproducción que representa el triunfo del capitalismo. Actualmente, en esquinas de todo el mundo se venden reproducciones de su multiplicación de las sopas Campbell, su mil y un pistolas, sus cuchillos entre sombras a causa del color fucsia, sus zapatos en tono coctel de fondo negro, y su espontánea mariposa technicolor. El arte de Warhol es un performance, un arte que se ríe del arte, que se ríe de sí mismo y, además de vanagloriarse con él, se ríe de nuestro pretensioso mundo contemporáneo. Ya bien decía Warhol que en nuestra sociedad todo el mundo tiene su cuarto de hora.
Este pensamiento ponía de punta al tradicionalismo artístico de la época. Críticos y artistas dudaban al no encontrar esa rebeldía política que marcaba al arte y al movimiento social del momento. Warhol, iluminado en su aura de fama desde la Factory, el taller que fundó en donde se reunieron toda serie de excentricidades artísticas en medio del dislate sexual y el delirio de los ácidos, decidió responderles un cínico grito silencioso: “lo más hermoso de Florencia es su McDonald’s”. El artista no tardó en darles una pincelada más. Su obra generó un regreso a la técnica del retrato recordando la época del renacimiento y recurriendo a una fórmula donde en fondos color pastel los personajes se sitúan en el no lugar. Sus fondos representan el vacío a color en una dimensión del mercado retratada como pocos, y además, utilizando en primer plano las figuras mediáticas de su tiempo: Marylin Monroe, Elvis Presley, John Lennon, Mick Jagger, Jacqueline Kennedy, Nixon, el Che Guevara, Lenin, Mao, todos bajo su adúltera mirada. ¿Qué diría Warhol de lo que es hoy la revolución cultural China, o de que se venden camisas del Che en cualquier calle de su delirante Nueva York? Nada. Warhol había revelado un terrible secreto de nuestro tiempo: “El arte no es más que lo que los espectadores consumen”. 

El 23 de febrero de 1987 en la ciudad de Nueva York, 2000 personas despedirían al artista en la Catedral de San Patricio. La vida de Warhol terminó después de un largo cuarto de hora en que la fama lo convirtió en mito alentador de ese sistema que tanto lo sedujo. Warhol no fue testigo del dolor en el costado izquierdo que causó la caída del muro de Berlín y tampoco del desplome de las Torres Gemelas, pero su obra sigue allí, a manera de crítica mas no de denuncia, haciendo un paréntesis en la historia del arte, con una sinceridad que raya en el exceso hasta el punto de advertirnos sobre ese modelo que ha colonizado, con sus armas y sus planes disfrazados de buena voluntad, los cimientos de nuestra cultura desprotegida y frágil: “comprar es mucho más americano que pensar, y yo soy el colmo de lo americano” .

 


 

Billete de un Dólar – Andy Warhol. Lápiz sobre papel. 45 x 60 cm. 1962

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