Aventuras de un desmemoriado

Desde que me acuerdo he tenido mala memoria. Es muy ‘paila’ cuando estoy tratando de decirle a alguien “Ve, vos sos un incumplido” (puto-genio, caprichoso, cebo, aletoso, etc.) y me responde “¿Por qué? Dame un ejemplo”. ¿DAME UN EJEMPLO? Eso me mata de una. Con la esperanza de acordarme de alguito, empiezo a hacer EL RECONTRA-MEGA esfuerzo tratando de recordar alguno de los mil ejemplos que deben haber. Al final opto por dejarlo así hasta que por fin me acuerdo, mucho tiempo después obviamente, de algún episodio, pero “ya pa’ qué”.

Por desmemoriado he recibido comentarios varios. Por ejemplo, las típicas frases “este man tiene memoria de teflón….nada se le pega”, o el “Parce, tiene más memoria un pez” o los poco originales ñoño-apodos como “Memento” (buena película, mal apodo). Al principio me daba muchísima rabia pero tiempo después, tal como un miembro de Alcohólicos Anónimos, acepté mi situación y aprendí a convivir con ella. Ahora soy un Desmemoriado (no tan) Anónimo, con todo lo que eso implique. A veces almorzando con mi papá he tenido ganas de probar esas pastillas que él toma para su mala memoria, e incluso en estos días me dijo “no estaría mal que tomaras de esta medicina también”. Sería ‘la tapa’ que mi papá (que me lleva como mil años) y yo compartiéramos las pastas para la memoria.

El mejor reflejo de mi baja capacidad de recordación es mi escritorio, el de madera y el del computador. Son horribles; el primero es lleno de papelitos con anotaciones por todo lado, lapiceros, microchips, que paradójicamente son memorias (la Flash, la RAM y la EPPROM), cables, pinzas, pela-cables y hasta el mismo escritorio está rayado en su superficie con ideas, números telefónicos, fechas y dibujos muy feos. El escritorio del PC (o Desktop, para sonar más play) es peor. Contiene archivos bajados de Internet que supuestamente “acomodo más tarde en su respectiva carpeta” pero mentiras, eso no va a pasar. También hay fotos, enlaces, documentos de la tesis, archivos de texto con recordatorios, conversaciones de Messenger y accesos directos a iTunes, Solitario y Paint. Hace rato que no cambio la foto del fondo de escritorio porque para qué si no se ve. El PC que uso en la Universidad para la tesis es, en apariencia, más descongestionado pero porque mi compañero de tesis se ha encargado de –cada que el escritorio está podrido de lo lleno- acomodarme mi desorden en unas carpetas llamadas “Organizar Daniel”. Ya voy por la versión “Organizar Daniel 4”.

Pero no todo es malo. En las múltiples sesiones de “cerveza charlada” con los parceros nunca falta el tema de favoritos: libro, cantante, película, cerveza, etc. Qué bueno es, por fin, poder recordar con agrado que me encanta Cien años de soledad, que Charly García me enloquece, que amo 2046 y que disfruto como enano alcohólico de la Poker. Mejor aun es cuando hay cosas muy específicas que no recuerdo con precisión pero sé que me han hecho sentir muy bien. Afortunadamente no olvido el camino para llegar nuevamente a esas cosas específicas y puedo volverlas a vivir –gracias a la mala memoria- como si fuera la primera vez: Las estirpes condenadas a cien años de soledad, el genio argentino que nos regaló el mejor rock en español, los rastros de las lágrimas y un delicado y refrescante sorbo frío en una tarde caleña.
Ahora que he aprendido a vivir recordando muy pocas cosas no me parece tan malo, muchas veces es más relajado: me sorprendo fácil, soy más curioso y recuerdo lo que de verdad vale la pena recordar, lo verdaderamente esencial. Aclaro que eso no incluye fechas de cumpleaños, para eso sí soy un desastre.

Había pensado un final bacanísimo pero me paré a comer y perdí; ya no me acuerdo. Debí haberlo anotado en algún papelito pero el hambre no me dio tiempo. La historia de mi vida.

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