¿Cómo hace el cerebro para recordar tanta vaina?

Si quiere acordarse de algo en el futuro, grábeselo con emoción

Tengo 20 años y desde los cinco me sé varios cuentacuentos (esos cuentos de Disney que traían un casete donde la narradora decía: “deberás cambiar de hoja cuando escuches el sonido de esta campanita…”). Digamos que los escuché cada semana durante dos años, hasta los siete, y si usted me pide que le recite el primer párrafo de Blancanieves yo se lo digo con la misma entonación que lo hacía la narradora.

Entonces surge la pregunta del millón: ¿cómo hace el cerebro para recordar cosas como esa? Pues bien, partamos de lo más simple: todos los bebés nacen con capacidad para recordar; sin ella no desarrollarían apegos sociales[1], como cuando vemos un bebé llorar porque lo carga un extraño, y al volver a los brazos de su madre se calma.

A medida que vamos creciendo comenzamos a guardar en una especie de “almacén mental” los datos o situaciones de nuestra vida. De allí surgen dos grupos de “almacenes”. Cuando el cerebro recibe una información, ésta se guarda inmediatamente en el primero (al que le caben muy pocos datos), y si no se le presta atención, después de aproximadamente 40 segundos se pierde. Si la información es relevante y recibe atención, se guarda en el segundo “almacén”, dónde se pueden almacenar más datos. Estos almacenes se conocen técnicamente como Memoria a corto y largo plazo.

Estas transferencias de un local a otro se logran si sobre la información recibida actúa algún agente psicológico como la emoción. ¡Bingo!, allí está la respuesta a la pregunta que me hice anteriormente, porque el cerebro almacena fácilmente los datos que tienen mucho significado para el individuo. Claro está que también se ayuda de las Estrategias de memoria, como repetir una y otra vez lo que queremos grabar (lo que me sucedió con los cuentacuentos y con muchos diálogos de películas infantiles), o relacionar palabras (lo que hacíamos en el colegio para aprender vocabulario en inglés), o inventar historias con lo que queremos recordar (me sirvió mucho para estudiar biología).

Entonces no es más, inconscientemente realizaba muy bien las tres fases de la memorización: registrar, retener y recuperar. A eso le agregaba la emoción que sentía cada vez que podía seguir a la narradora, para después llamar a mi mamá a que escuchara a su hija repetir frases muchas veces sin conocer su significado. Por ejemplo, en ese cuento decían: “para satisfacer las demandas de su pueblo se volvió a casar”; a los cinco años no tenía ni idea de qué era “satisfacer” y mucho menos “demandas”, pero eso no me impedía llenarme de orgullo cuando sonaba la última campanita y podía corroborar que me sabía de memoria Blanca Nieves y los siete enanitos. Hoy aún lo recuerdo.


[1] Flavell, John. El desarrollo cognitivo. Prentice Hall. 1985

 

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