La abuela

La abuela

Yo no sé en qué diablos está pensando la abuela. Desde que vio a mi hermana entrar y salir con el noviecito no ha dejado de entregarle sus besos a un viejo que ni conozco. Confieso: extraño a la otra abuela. Es que es muy difícil conocer a las personas dos veces. La primera versión es la que más me gusta. Desgraciadamente se fue y a la vez se quedó. Qué vaina que se fuera, con todo lo cariñosa que era, está bien, pero que su recuerdo se quede quieto en mi memoria ¡eso sí no!
Antes, la abuela me acompañaba en las mañanas hasta el paradero, ¡más bella! Al subirme a la ruta, ella se quedaba parada junto al poste de la esquina, esperando a que la chatarra arrancara y si el chofer demoraba en acelerar, la abuela movía la palma de su manito derecha sólo para seguir despidiéndose de mí. Lástima que ahora espere el bus solito, como cuando mami nos abandonó. Mis amiguitos de clase decían que yo era muy de buenas con una abuela tan consentidora, tan buena. El que llevaba la mejor lonchera en el salón era yo, y todos, en la hora del recreo, formaban una fila larguísima frente a mi pupitre “pa’ que les diera sánduche”.

Recuerdo cuando le tocaba la puerta muerto de cansancio, recién llegadito del colegio. Ella me alegraba la tarde con su rostro bello, tan bien hecho que daba ganas de atacarlo a piquitos. Después me servía el almuerzo y me preparaba la camita para que mis huesos descansaran. Y sus besos ni hablar, eran bien ricos y hasta sedantes, pues yo caía como un muerto de cuatrocientos ochenta y tres kilos. En la nochecita me acariciaba y me despertaba cuando sentía que el sueño me estaba arrebatando de la realidad, y hasta un día llegué a pensar que le tenía desconfianza a las siestas. Más o menos a las siete y media, al tratar de levantarme de algún sueño, me decía con su voz inconfundible: “No se por qué no eres capaz de descansar bien sin necesidad de dormir”. A mi hermana, que a esa hora iba llegando con su novio, no la regañaba, sólo la saludaba mostrando su blanquita dentadura. Al rato nos daba la cena, y una vez sentados los cuatro en la mesa, mi abuela se ahogaba en una timidez evidente cada que miraba al invitado.

Al terminar la última cucharada, mi hermana y su acompañante no daban las gracias ni lavaban los platos. Lo hacían fácil los sinvergüenzas: se paraban huyendo con la pesadez de sus panzas y se iban para la habitación del segundo piso a montarse uno encima del otro. Mi abuela como que no escuchaba los gritos que interrumpían la novela de las ocho, y llegué a pensar que se estaba quedando sorda.
Varias noches la abuela no vio la novela, más raro. Fui al segundo piso a buscarla y no la encontré. Eran como la ocho y diez. Mi hermana continuaba saltando, como siempre, encerrada en la habitación con su noviecito. Subí las gradas hasta llegar al tercer piso. En el pasillo no se veía a la abuela. En el cuarto de los chécheres no había nadie, pero en el otro la pillé. También saltaba sin ropa pero con la puerta abierta y con otro hombre de más o menos su misma edad. Bajé hasta el primer piso. Me senté en la sala y miré la foto de su cumpleaños número cuarenta y tres, celebrado la semana pasada, creo.

No sé qué pensar, la casa parece estar sola, otra vez no hubo cena, la novela terminó y esos gritos me asustan. Quiero llorar.

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