Respuestas que nunca llegarán

Respuestas que nunca llegarán

“¡Dios mío! ¿Por qué PLAYBOY?” preguntó mi pobre madre. La necesitaba para mi clase de figura humana

Eran las 11:55 de la noche, los dolores del parto se alejaron para dar paso a la alegría de tener en sus brazos a ese ser que ansiaba ver: era una niña, era yo.

¿Será que va a ser especial porque nació en año bisiesto? Parece la hija del carbonero,  pobrecita es morenita, decían mi abuela con su pelo dorado como un campo de trigo y mi tía con sus ojos verdes. A mi madre no le importaba cómo era yo; sabía con certeza que iba a ser su sol, su corazón, su todo.

Llegaron los 60 y 70, maravillosos años, “¡Hola hermana pescada!” Le dije un día a mi madre y soltó el plato que lavaba. “¿Qué es ese saludo?”. “Huy madre, pero sumercé si no está en la onda. Me like muchísimo lo que está haciendo, ¡bacano!”. Sólo abría los ojos cada vez que yo abría mi boca y terminé mi monólogo con: “¡Qué rollo madre!”. Mi padre no se quedaba atrás. Salí un día con tamaña culifalda; en silencio me pasó una camisa  larga, como si cubriera lo que yo estaba descubriendo: un cambio en mí, en mis amigos, en el mundo.

Del destape pasé a ser lectora compulsiva: leí a Mario Puzo, quería volverme mafiosa. Leí a Platón, Aristóteles y otros filósofos. Pasé al comunismo y a cuanta revista caía en mis manos Playboy, Life, National Geographic. “¡Dios mío! ¿Por qué PLAYBOY?” preguntó mi pobre madre. La necesitaba para mi clase de figura humana, no me dejaron comprar Penthouse, nunca entendí por qué.

Me volvía loca el tema de los extraterrestres, esperaba tener contacto con ellos. ¿Y qué decir de las cosas del más allá? Velas, incienso, OOOOOMMMM, cuarzos, barajas… sí, las leía, por eso me pusieron el apodo de brujita, todo por un artículo en la revista Vanidades que enseñaba cómo leer las cartas.

El turno ahora era para historia del arte, viajar por el mundo, ir al Louvre, pararme frente al David, a la Gioconda,  pero mis ojos se volcaron en Mafalda y Condorito. “¡Qué nota! Ellos sí eran filósofos, sí eran sabios, sí eran prácticos. Guardaba con recelo a Mawa, la princesa guerrera, a Archie, a Chip and Dale, a La zorra y el cuervo, y a Santo, el enmascarado de plata, hasta que las descubrió mi primo. Se llevó todo, sólo por tener un momento de placer y vicio.

En ese momento hice “un stop en mi vida” (así se decía); mis crisis existenciales no me llevarían a ninguna parte. Qué me importaba si habían matado a un presidente de Estados Unidos, o a Martin Luther King, qué me importaba si había una guerra en Vietnam, si yo no tenía paz conmigo misma. Puse mi música preferida: Ray Connif, Ana y Jaime, “Juanito preguntaba, y lloré, lloré amargamente porque había desperdiciado  parte de mi vida.

Una mañana fui a visitar a mi prima a la oficina. “Dios, qué computador”, un Century 200; ocupaba un espacio enorme, hacía uno gimnasia en ese salón, caminando de un lado al otro, llevando los discos, las tarjetas perforadas, la impresora, todo quedaba lejos del puesto del operador: “Caray, el que trabaje con este aparato debe ser muy inteligente”. Y ahí estaba, alto, flaco, elegante, como ver la Pantera Rosa en vivo y en directo. Me olvidé de Sartre, de Camus, de Sábato, de Condorito, de Archie. Ahora mi mente estaba en la Pantera, perdón, en los computadores.

Cesaron mis dolores. Miré a mi hijo y supe que era especial, no porque haya nacido en año bisiesto, ni por ser blanquito. Por ser mi hijo, era mi sol, mi corazón, mi todo. “¡Naciste viejo!”, le dije. Vi su sabiduría, traída del más allá. “¿De dónde vienes? ¿Qué quieres de mí? ”. Pero supe que todo el recorrido de mis pensamientos, de mi existencia, de mis fobias, de mis gustos estaba allí, mirándome, queriendo decir: “Tengo todas las respuestas pero no te las puedo decir” y comprendí que la vida se repetía, en otro entorno, en otra época. Cuántas veces se habrá repetido, no sé, tal vez infinitas. Ahora mi ciclo se está cerrando, esperando las respuestas que nunca llegarán, esperando que la vida se vuelva a repetir.

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