El fin de los periódicos

El fin de los periódicos

En marzo quebraron los grandes periódicos de Chicago, en enero al cachetosísimo New York Times le tocó meter publicidad en su sagrada primera página y cientos de grandes periódicos impresos en todo el mundo están cayendo periodicocomo fichas de dominó. ¿Será que llegó el fin de los periódicos que leían nuestros cuchos? ¿Será que sin los periódicos que destapaban las cagadas de los funcionarios del gobierno ahora sí a la democracia se la comió el tigre?

En primer lugar, ¿por qué los periódicos están ahora en la mala si fueron los duros por más de cien años? Básicamente porque cada vez menos gente compra sus ediciones en papel y la crisis económica los cogió con los calzones abajo antes de que el negocio de las ediciones digitales alcanzara a compensar el bajonazo en las ventas. El proceso de conseguir las noticias, filtrarlas, editarlas, imprimirlas y distribuirlas es muy largo y requería de una infraestructura muy grande y costosa.

¿Entonces es que la gente ya no lee? Somos la prueba de que sí. Lo que pasa es que gracias a Internet lo que antes era un esfuerzote “centralizado” ahora se “distribuyó” entre la gente, obviándose las partes más costosas. No se imprime porque leemos las noticias en pantalla y no se reparte porque la información se distribuye “sola”: ya no hay que pensar dónde puede haber lectores interesados y asumir la logística para que el producto impreso llegue allá, sino que la gente ‘guglea’ lo que le interesa o se entera por Twitter o Facebook de qué están leyendo sus amigos.

¿Y no se suponía que la prensa es el cuarto poder que garantiza la democracia (junto con el legislativo, el ejecutivo y el judicial)? Pues resulta curiosa esa impresión porque se suele confundir libertad de prensa con libertad de expresión. Los grandes periódicos funcionan como una iglesia: lo que leerán muchas personas es definido por pocas, que no fueron elegidas popularmente como sí pasa con alcaldes, presidentes y congresistas. O sea, puede que la calidad de la información de los periódicos sea muy buena comparada con la de la mayoría de los blogs, podcasts, trinos y canales de YouTube, pero no es ni de lejos tan democrática como estos que son votados por los usuarios.

Por otra parte, siempre ha causado sustico que por depender económicamente de los que pagan la publicidad, los grandes medios eviten “patear la lonchera” tratando de no denunciar casos de corrupción o de mal manejo de sus clientes, sobre todo cuando se trata de grandes grupos económicos o el Gobierno. Esto es especialmente importante en Colombia, donde los grandes escándalos no los destapa la Contraloría o la Fiscalía sino Semana, Cambio o La W, gracias a cuyas denuncias es que las autoridades ahora sí empiezan a investigar y sancionar.

Por eso estudiosos de la comunicación como el profesor Jay Rosen de la Universidad de Nueva York proponen esquemas alternativos donde los clientes de los periodistas, reporteros y generadores de opinión e información no sean los anunciantes sino los lectores. En otras palabras, que adoptemos a nuestros blogueros, tuiteros y columnistas favoritos para que cuando armemos nuestra visión del mundo, sea con las piezas que aportan aquellos en quienes confiamos.

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