El 10

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¿Cómo vas a saber lo que es el amor? Si nunca te hiciste hincha de un club

Foto: Andrés Aparicio - EL CLAVO

“MARADONA no podrá morir, nunca lo vamos a permitir, además ya existe un dios allá arriba para qué quieren dos”.
Raúl García Araiza

El fútbol no es juego de azar, no.
No es una rifa, o una suma de oportunidades, así el mejor jugador por lo general tenga el número 10, el arquero sea el 1 y los que disputen el partido siempre sean 22. Los números no tienen nada qué ver, ni siquiera es una competencia, es algo bien parecido al amor, un asunto de estrategia y habilidad, en donde sólo se permiten tres posibilidades: la felicidad, la infelicidad y la indiferencia.

Al enamorarse no se es consciente del riesgo y la vulnerabilidad que toman nuestros sentidos, porque entre emociones y pasiones nos empezamos a deleitar de las alegrías de otros y no sabemos qué parte del todo nos pertenece, pero “¿Cómo vas a saber lo que es el amor? Si nunca te hiciste hincha de un club” o “¿Cómo vas a saber lo que es la poesía? Si nunca tiraste una gambeta” 1. El amor y el fútbol son un riesgo que muchos intelectuales odian, porque precisamente desata las bajas pasiones y habla de una izquierda, de lo que está en contra, de mostrarnos tal como somos: unos personajes competitivos.

Quizá se ríe o se llora no por uno mismo, sino por el sentimiento colectivo, por las banderas aturdidas, o las caras que se quedaron pintadas. Y es allí donde emergen los ídolos, como amores platónicos que nos devuelven la fantasía.
Hay canciones, colores, películas y personajes favoritos, pero ídolos son pocos y muy cambiantes.

Voy a hablar de uno, de Diego.
Maradona, como los tangos, tristes y escritos con el cuerpo, entonados por los pies y enaltecidos por la boca y los ojos, tiene la locura de un genio y la finura de Dios vestido de futbolista, porque el 30 de Octubre de 1960 representa para un puñado de idólatras del “Pelusa” el nuevo año, el día del nacimiento del Diego. Es como el día del nacimiento de Jesús para los Cristianos.

Villa Fiorito no resulta familiar para casi nadie, mucho menos si no se es argentino y si no le gusta el fútbol. Pero este lugar que sería el equivalente de “la cancha de pescadito” en Colombia, representa no sólo un barrio marginal de Buenos Aires, sino la tierra que quizá el mismísimo Dios bendice para que los genios del fútbol aparezcan, porque una pelota de fútbol también tiene alma y un astro requiere una gran dosis de tristeza y sacrificio para que cuando levante los brazos y las copas, todo valga la pena.

Pero no tendría sentido pensar que Dios lleva el Dios en la espalda, si tu vida no es completamente el fútbol. Eso hizo Maradona, un zurdo magnífico que le devolvió la fantasía a un deporte que se estaba ensimismando en la táctica y la estrategia.

Él representa aquellos personajes que detienen el mundo para pronunciar su nombre, a las buenas o a las malas, por sus historias de cocaína, o por sus malabares con la redonda. En Nápoles se vendían sus imágenes como las de una divinidad en pantaloneta, iluminadas por la corona de la virgen. Santa Maradona, es verdad. La droga, es verdad. ¿Y la fama? Él no se drogaba para jugar mejor, se drogaba para olvidar la fama y jugar.

Diego, el 10, representa un maravilloso capítulo de tragedia griega contado a la latinoamericana; un sudaca que conquistó el fútbol mafioso italiano, un gordito que le metió la mano a Inglaterra, que vengó las Malvinas y detuvo el corazón de muchos en el majestuoso Estadio Azteca, aquel día ?en que se supo que aunque no siempre lo hagan, se es más feliz cuando ganan los mejores? él fue el mejor.

Un 10 de noviembre de 2001 Diego se despidió para convertirse en una afiche, para dejarle su nombre a un estadio. El amor al fútbol y el culto a los ídolos despidieron al 10, afortunadamente con un balón al pie, no como lo hizo la efedrina en el mundial del 94, con una enfermera.

Diego jugaba mejor que nadie y nadie ha hecho feliz a tanta gente tan sólo jugando.

(1) Saavedra, Walter y Cherep Claudio. Hambre de gol, cuentos y relatos futboleros. Imprenta Lux, Argentina 2001

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