El chisme de barrio

El chisme de barrio

Ilustración: Leonardo Arias

En el país de la exageración y la comedia oscura, una señora camuflada en las cortinas, empinada en una silla especial para mirar y modulando insultos y monólogos de envidia, podría ser un monumento patriótico de plaza. Lo recomiendo. Desde el estrato sin número hasta el 6, esa beata morronga del runrún entre las casas, desde la cuadra final a su cocina, desde la iglesia central hasta su patio, persigue las andanzas del barbudo de la casa 3, a quien le inauguró el apodo de chirrete y cuchillero sin causa; él no lo sabe, está sano.

Ella supone que ese pelo que le cuelga hasta la altura de los muslos, y que las botas puntudas que se inserta, a presión, hasta dejar la sangre amoratada, y su correa gruesa atravesada en la cintura y con el ceño fruncido, como un puño, es uno de los fans del infernal Marily Manson, que bebe sangre de gato y que en las noches revuelve una gigante olla con un palo para conjurar a quien detesta. El grandulón que hace llorar a los niños del barrio y que vestido de negro sale a atracar a las viejitas y a las monjas. Muy alejada de lo cierto, es mucho peor, es más patético. Es un actor de procesión en viernes santo, adorador del inmamable padre chucho y de la misa del domingo, su personaje es Jesucristo y se latiga la espalda a correazos. Sus botas apretadas hacen parte del disfraz de un aldeano de Israel. Es un bobazo grande a quien le pega la mamá por no trapear la casa antes de almuerzo.

En el país del chisme hay cuatro mil retinas detrás de las ventanas y las puertas, veinte mil lenguas resonando detrás de las paredes como grillos nocturnos. Un elevado bullicio de gargantas inventando vidas, hipótesis, pasados, centenares de sombras tras las puertas, apareciendo y desapareciendo entre segundos cortos para evitar la captura de los ojos de los susodichos. Pero es irónico, la realidad supera la ficción en el país del sagrado corazón. La verdad es más ridícula que la imaginación del chisme y más grotesca y más atractiva que la imaginación de una mitómana.

Hay que tener fuerza en las canillas para durar parado envuelto en las persianas y esperar a que salga un objetivo, y hay que tener un talento periodístico increíble para intentar acaparar todos los cuerpos de una cuadra y perseguir todas sus rutas y sus gestos y sus tics, las horas de salida y la llegada del amigo para llegar a concluir que ese vecino silencioso es gay, o es un filósofo, o son lo mismo. Un barrio es una zona de guiones camuflados, escondidos, literatura inferior, superficial y frívola, novelas mexicanas para desocupados.

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