El fin justifica los medios

El fin justifica los medios

Hay momentos en que se necesitan medidas extremas, medidas que requieren cierto grado de habilidad psicomotriz, y también cierto grado de descaro.

Foto: Darío Recalde - EL CLAVO

Entonces volvemos y entramos en la discusión de si es moral, debido y bien visto hacer chancuco. En este mundo donde el que sirve es el que sabe y los diplomas son simples convenciones, más vale saber, si se quiere vivir, y hacer chancuco si se quiere pasar. Hacemos todos una confesión global, el yo pecador de haber caído en el dulce placer del chancuco, y el que no lo haya hecho que me disculpe, pero por güevon o por ñoño se perdió del derroche de creatividad, de la adrenalina y de chicanear las artimañas.

Pero no me voy a ocupar de las implicaciones sociales y morales de los pobres quejumbrosos. Hablemos de las formas; tecnológicas, arcaicas, artesanales, pictográficas, descaradas, complicadas y fracasadas. Todo depende, todo es relativo, pero aquí tengo unas joyitas pa’ que aprendan o pa’ que recuerden.

¿Cómo olvidarse de las clásicas? Las señas con las manos, mirar el examen de al lado, el susurro, escribirse en la mano, en el brazo, en las uñas y en las piernas (con ésta no hay que preocuparse por el profesor, porque con tremendo lienzo la trampa es lo de menos). Estos más que chancucos planeados son ayudas que se dan por instinto de supervivencia.

Luego encontramos las de escribir en los útiles y pasarlos. Comienza el borrador de aquí para allá, la regla, la calculadora (si es graficadora mejor), los papeles en la cartuchera, los papeles enrollados en la tapa del lapicero, o donde sea que se pueda justificar como necesario para el examen. Claro que los profesores no son bobos y se la huelen muy fácil, así que pilas, hay que tener estilo y ser discreto.

Hay momentos en que se necesitan medidas extremas, medidas que requieren cierto grado de habilidad psicomotriz, y también cierto grado de descaro, como el rapto (donde se secuestra la hoja de respuestas al compañero y se copian rápidamente), el cambiazo (donde mágicamente la hoja de respuestas se convierte en una con las fórmulas o los ejercicios listos), o el comercio (donde el examen con las respuestas es vendido en el momento mismo del examen y se cambia por uno en blanco listo para ser convertido en otro 5). Éstas son sumamente efectivas pero se debe tener una buena preparación y eso sí, ser más rápido que el ojo del cuidandero.

Con la popularización de los celulares, a los que les tocó, llegó el auge de las ayudas digitales: mensajes de texto silenciosos con la salvación milagrosa, llamadas desde el exterior camufladas gracias al manos libres, y la infaltable grabación con las fechas de la guerra y los nombres de los pioneros.

Y las mejores, donde el ingenio humano, la tecnología y el ocio, unen esfuerzos para crear las famosas ayudas didácticas: el sacapuntas con compartimento secreto para meter el papelito, la cartuchera con bolsillito ‘discreto’, o volverse todo un James Bond y tener el fabuloso lapicero que oculta una tira retráctil de acetato en la que puede escribir lo que necesite y borrarlo para próximos usos, de fácil acceso y perfecto disimulo para un trabajo limpio.

Sea como sea, en serio, hagan todo el chancuco que quieran, que es entretenido, riesgoso, satisfactorio y práctico, pero aprendan algo, pues esos cartones no sirven ni para arroparse si terminan debajo de un puente.

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