El guadual

El guadual

Foto: Cristhian Carvajal

La luz es una onda electromagnética que podemos ver. Si la señal RF de la emisora es una onda electromagnética, ¿por qué no la puedo ver?” preguntó Miguel cuando le mostraron las señales de las emisoras FM de la ciudad en el analizador de espectros. A escasos pasos de él se encontra­ba Jaime Duarte, quien desde niño comprendía estos fenómenos electromagnéticos como na­die, no por resolver ecuaciones diferenciales, sino porque simplemente… los sentía. La pri­mera vez que ocurrió fue a sus 4 años, cuando al tocar los primeros segmentos metálicos de la Torre Eiffel experimentó una ‘descarga’ de in­formación que lo dejó aturdido toda la tarde. Los médicos no pudie­ron dar explicación, aunque entre los múlti­ples exámenes que hi­cieron, encontraron un extraño aumento de la concentración de elec­trolitos en la sangre y una sudoración por en­cima de la normal.

Jaime tenía un talento increíble, ya que cada vez que tocaba un objeto metálico captaba cierta información de acuerdo con el tamaño que tuviera. Cuando tocaba la mesa de la cocina, “sentía” la música de la emisora de la universidad, no la escuchaba, simplemente la reconocía y la entendía. Poco a poco me­joró su habilidad. Llegó a reconocer señales de taxis, policías, radioaficionados y celulares; hasta captaba mensajes de texto y conexio­nes WiFi.

A veces se alejaba de todo, buscaba sitios donde las únicas ondas electromagnéti­cas que recibía eran la luz del sol y alguna que otra señal satelital. Le gustaba visitar hacien­das con grandes guaduales. Esta gramínea, formada por un largo tallo multiseccionado tiene una particularidad: su natural estructura fractal, su particular sistema vascular y su alto contenido de agua y sales de silice le permite captar emisiones radioeléctricas muy sutiles, y además emitir. Jaime se volvió loco por esta planta que se comunicaba con sus congéne­res de una forma que sólo él sentía y com­prendía; se dio cuen­ta además que ese suave murmullo elec­tromagnético podía recorrer grandísimas distancias.

Jaime, cada vez más aturdido por la abrumadora bulla electromagnética no encontraba un lugar donde vivir tranqui­lamente; cada familia tenía un router ina­lámbrico, cada persona un celular, hornos microondas, radares militares, teléfonos ina­lámbricos, dispositivos bluetooth e infinidad de artículos emisores de ondas electromag­néticas. Jaime buscaba tranquilidad en los guaduales pues tenían una facilidad exquisita para atenuar las emisiones humanas y proteger los retoños ubicados en el interior de los bosques de estos descomuna­les grupos vivientes. En el centro del guadual, sentía una paz única.

Sucedió lo inevitable, las conversa­ciones ‘interguaduales’ que normalmente eran suaves, delicadas y tranquilas, cambiaron. Notó en sus “charlas” un sentimiento poco común en estas plantas que parecían imperturbables: el miedo. Surgió en unos guaduales que ya no lograban aislar los retoños de la fuerte radia­ción y estaban muriendo lentamente por au­mento de temperatura. Se estaban cocinando como si estuvieran en un horno microondas.

Una noche de profundo silencio, Jai­me percibió cómo el guadual donde vivía ‘gri­taba’ de dolor e impotencia, ante los ataques que provenían de las antenas de transmisión, cada vez más cerca. Como medida extrema, vaciaron sus reservas de agua para disminuir su conductividad eléctrica, pero no lograron contrarrestar el ruidoso torrente de señales que parecía llegar de todas partes. Jaime, se sentía aturdido e incapaz, era el único espec­tador en una película de terror.

Poco a poco el guadual fue mu­riendo, los primeros en marchitar fueron los pequeños retoños que con tanto esmero cui­daban, luego los más viejos cayeron débiles al costado de los más jóvenes, los cuales poco a poco fueron perdiendo su hermoso color ver­de para convertirse inevitablemente en parte de la infraestructura humana usada para plan­tar más antenas de transmisión.

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