El mercado de los Porros

El mercado de los Porros

A la luz de nuestras leyes Luis es un criminal. Decido iniciar con ese tema y no le gusta, “eso es una mata, no le hace daño a uno, lo deja es relajado”, al escucharlo no puedo contener la risa, “¡aahh usté sabe!… ¿sí o no?”. Luis deja de mirarme y corre hacia un auto rojo que le pita.Tiene pocos minutos antes de que cambie el semáforo. En el auto la copiloto tiene el pie desnudo por fuera de la ventana, a su lado conduce una joven de gafas gigantes con marco blanco. Rápidamente se realiza la transacción, el auto se aleja y Luis camina triunfante por entre los autos que pasan a su lado.

5:16pm. Viernes. El semáforo es un bazar donde se consiguen películas, libros, muñecos, malabarismo, limpiaparabrisas, y especialista en telefonía. Por eso Luis viste un chaleco naranja de MINUTO A CELULAR, en un bolsillo guarda un fajo de tarjetas prepago, en otro dos cajetillas, una con cigarrillos, y otra que hace unos segundos contenía 20 cigarros de marihuana.
Sólo vende eso, 20 “marihuanas” a 1.000 pesos la unidad, lo que le genera una utilidad de 15.000 pesos al día. Le pregunto por qué no vende más, “no suave,  normalmente me compran de a dos, pero pues hay días en que tienen un paseo, o una fiesta y zasss se van con todo… es que vender en la calle es una mafia, cada semáforo tiene sus reglas y alguien que manda, por eso toca cuidar su lugar, y además de eso llevar bien a los tombos”. Luis entrega 10.000 pesos semanales a los patrulleros de la zona. Y por vender marihuana “me toca darles su tajada”. Cuando le pregunto por quién es el que manda en este semáforo mueve su mano desaprobando el tema, “no eso sí dejémolo así”.

A medida que hablamos se acercan clientes de minuto a celular y tarjetas prepago. En los carros llegan jóvenes de pelo largo, rapados, metaleros, emos, madres de familia, traquetos, lava perros, yuppies, seudohippies, intelectuales, ancianos, a todos les tiene la mala noticia: un par de universitarias se llevaron todo.

En la hora y media que hable con Luis, 18 carros le pitaron buscando marihuana. Según un estudio de la Dirección Nacional de Estupefacientes, en Colombia un 5,4% de la población ha consumido alguna vez en su vida, y de este grupo un 48,3% siguió consumiendo por lo menos tres veces a la semana. “yo hace años cuando apenas llegaba a la ciudad probé de todo: marihuana, bazuco, sacol, perico. Pero siempre tuve la meta de salir adelante, de montar  rancho, tener mujer, yo no quería vivir la vida de la calle… sino que cuando uno llega a la ciudad le toca vivir así y ahí se va dando la vuelta”.

foto: Cindy Muñoz - EL CLAVO

Luis llegó a los 14 años a Cali proveniente de San José del Palmar, un pueblo enclavado en el cañón del río Ingará en la cordillera occidental, departamento del Chocó. Un pueblo habitado por indígenas de la comunidad Embera Chamí y colonos provenientes del Valle, de Antioquia y de Caldas. “Yo me vine por una vaca, la cosa jue’ que teníamos cuatro vaquitas que había comprado mi papá… mis hermanos y yo éramos los que las cuidábamos… cuando ¡zasss!, una noche escuchamos el ganado haciendo bulla, salimos y nos habían tumbado la cerca y faltaba una. Mis dos hermanos y yo cogimos machete y un changón que tenía mi papá, en el camino mi hermano Alberto disparó, se bajó a uno… y recuperamos la vaca. Desde ahí se vino la guerra, resulta que los ladrones también eran hermanos, y pues se vino la venganza por el que nos bajamos, primero le dispararon a mi hermano cuando iba de noche en el caballo, le dieron al caballo. Luego un día que a cogerme a mí pero me les volé, entonces mis hermanos se armaron, reunieron una gente, y me mandaron a mí pa’ acá, que pa’ que no me tocara la guerra, yo me quería quedar a pelear, aquí llegué donde una tía pero esa hijueputa desde el primer día a tratarme mal, a ponerme de sirviente, entonces me le fui y así llegue a la calle, con el tiempo ya no quería volver al campo, me gustó la ciudad”.

La guerra entre las dos familias no duró mucho ya que al poco tiempo llegó la guerrilla al pueblo, reunió a las dos partes, escuchó la historia, les dijo que si se seguían matando ellos les enseñaban lo que era  la muerte de verdad y como multa, a cada familia le quitaron una vaca. Así terminó la pequeña guerra que costó cuatro muertos y un joven desplazado, luego llegaría la gran guerra entre guerrilla y paramilitares quienes se peleaban por las rutas de acceso al Río San Juan, corredor estratégico del narcotráfico, “aquí ninguna guerra es por política, aquí la guerra es por plata”. Por eso Luis aunque la veía grave en la ciudad decidió no volver y seguir su camino. Rápidamente entendió que debía conseguir un trabajo para salir de la calle, y se ubicó en construcción, trabajaba 10 horas diarias de lunes a sábado, “yo no pienso volver a trabajar así, uno quedaba tan cansado que no podía ni caminar, todos los músculos me temblaban, lo bueno es que trabajando ahí conocí a la mujer… yo siempre había soñado con tener familia”.

A medida que llegan las seis de la tarde aumenta la demanda de minutos a celular, la mayoría de clientes organiza el plan de la noche luego de 45 horas de trabajo semanal. Luis abre a la una de la tarde y cierra entre las cinco o seis. Le pregunto si le alcanza, “sí, aunque a uno le gustaría que los hijos no tuvieran que trabajar”. ¿Y no te preocupa que tus hijos caigan en la marihuana?, Luis frunce el ceño, mira hacia la calle atestada de carros, “ya tengo un hijo perdido en el bazuco, pero de eso no voy a hablar”. ¿Y de dónde sacas la marihuana?, “Es de Corinto, me la vende un man del barrio que la trae”.

Corinto es un municipio del departamento del Cauca a hora y media de Cali. En sus tierras conviven indígenas, negros, narcos, guerrilleros, paramilitares, y el Estado. Se dice que allí se cultiva la mejor marihuana del país. Pero Corinto no siempre ha sido lo que hoy es.

foto: MADBEAT http://www.flickr.com/photos/madbeat/

Desde los primeros años del siglo XX, cuando el gobierno importó la mata de la marihuana para papel y fibra, la siembra llegó a Santa Marta. A finales de los 50, Santa Marta era considerada la capital marihuanera del mundo. Ya en los 60, la Santa Marta Golden sembrada en la sierra se hizo reconocida para la bonanza exportadora que alimentaría la era sicodélica estadounidense. Preocupado, el gobierno norteamericano le vende un producto a los colombianos para erradicar la mata. Indígenas y campesinos de la Sierra Nevada de Santa Marta fueron roseados con paraquat, un agente tóxico que causaría problemas de salud y les haría perder sus cultivos legales.

La persecución contra la marihuana dejó de ser prioridad gracias al auge de la cocaína y la siembra fue migrando por el Eje cafetero hasta llegar a  Corinto, donde se establecería gracias a la buena calidad que allí florece. Desde ahí abastece el consumo interno y el de algunos países de Suramérica, el negocio con Estados Unidos terminó porque según un informe de la drugscience.org, hoy en día el principal producto agrícola norteamericano por encima del trigo y el maíz es la marihuana.

La noche va llegando y Luis cierra el negocio. Desde los años de trabajo en construcción vive en un barrio poblado de desplazados en el suroccidente de la ciudad, “nosotros tenemos la mejor vista de Cali”. Le pregunto si no le preocupa que sus clientes terminen como su hijo, me mira desafiante, con rabia, se queda en silencio un momento, me da la mano con un fuerte apretón,  lo veo despedirse de los otros vendedores, y luego coger el camino hacia la calle quinta para caminar 15 cuadras hasta donde está el jeep que lo llevará a la mejor vista de la ciudad.

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