El orgullo de nosotros, los románticos…

Poesía, dolor y melosería

 

Creo que para desgracia de nuestra generación sufrimos de un romanticismo paradójico. Los latinoamericanos somos herederos del amor romántico convencional, ese amor que idealiza y que intenta trasfigurar el todo en arte y sentimentalismo, por eso existe una utopía bastante burlesca en el amor y en la literatura. Los románticos —somos— sinónimo del exceso. El deseo de follar se nos mezcla con las ganas de amar, corremos a menudo el peligro de caer en el vicio de los melosos. Buscamos querer sumergirnos en esa tristeza de no poder hacer más que amarnos. Cuando existe un abrazo queremos rompernos los huesos, quebrarnos algo que vaya más allá de las caricias y volvernos necesarios, imprescindiblemente necesarios para el amor. Los románticos sabemos de besos entre las piernas y caricias que se quedan a dormir o retuercen el alma, repasamos una y otra vez el cuerpo amado, aprendiendo las medidas para soñarlo, aprendemos a ojos cerrados, la distancia de unos senos, los gajes, la hora perfecta para los gemidos.

Entendemos que el querer es violencia y esa sensación que algunos describen como mariposas, para nosotros es algo devorando nuestras entrañas desde adentro. Una calle, un aroma, una canción nos lleva a la nostalgia, nos trae a un encuentro inevitable con el pasado. No sabemos olvidar, lo intentamos, una y otra vez borramos de forma infructífera aquella persona que removió hasta nuestro espíritu del lugar en nuestro pecho al que pertenece.

"Los latinoamericanos somos herederos del amor romántico convencional, ese amor que idealiza y que intenta trasfigurar el todo en arte y sentimentalismo".

Pero no todo en los románticos es bueno. Pocas cosas son buenas pero nos salvan, porque son excesivamente buenas, se sienten con profundidad. A veces el amor es veneno, es sinónimo también de batalla; en ocasiones, padecemos el amor y no lo disfrutamos,  y nos olvidamos del tiempo, lo destruimos, quedamos ciegos. Nos hacemos felices por todos lados, y sufrimos con media sonrisa. Hay amores que no saben por dónde doler y por eso duelen por todas partes. Y como no comprendemos, nos morimos, una y otra vez en el mismo sueño.  En la noche buscamos reencontrarnos, esbozar de nuevo esa sonrisa o esa mirada que te hizo creer que podrías quererle para siempre.

El romántico en el  post-amor trata de negar su naturaleza, procurando escaparse de sí mismo, deseando todo menos el sentimiento en su pecho, esperando que la gente no cubra sus cabellos y vestidos para una caricia, y que en los cuentos y libros la escena principal sea una piel uniéndose a otra piel, un gemido a coro susurrándole al amor obscenidades, prefiriéndose a sí mismo en el placer y abandonando la idea mortífera de un para siempre juntos. Dejémonos caer en el abismo del romance, porque ni el pudor o nuestros más fervientes principios morales nos salvaran de no  tener un recuerdo que moje algunas noches nuestros sueños, una sombra que arranque una mirada al pasado o nos haga recrear esa silueta en un dibujo o en unos versos. Y a pesar de que no todos seamos románticos, sepamos sobrellevar las poesías, los gestos,  los actos y escenarios sensibles porque enaltecen nuestra calidad humana.