El peorfesor

El peorfesor

Foto:Angélica Cardozo - EL CLAVO

Hay niños que sueñan con ser astronautas, otros con ser policías, algunos bomberos, y así cada uno se imagina su destino laboral. Yo quería ser un científico para descubrir la vacuna contra el sida; recuerdo que estaba muy impresionado con un minilaboratorio de juguete que mis padres me habían regalado. Una vez me puse a mezclar cuanto polvo extraño encontraba en éste y al hacerlo me sentía cual alquimista experimental. Y el tubo de ensayo empezó a calentarse cada vez más. Nunca olvidaré mi gran hallazgo, acababa de generar calor.

En las vacaciones, antes de empezar a cursar décimo grado, mi impaciencia estaba en el máximo punto de ebullición, pues sabía que el año que venía íbamos a ver química. Yo había visto al profesor de química (Edwin) caminar por el colegio con sus gafas de culo de botella y su bata blanca. Su aspecto de científico loco me cautivaba, y mi hermana que se había graduado años antes del mismo lugar, me decía que era un excelente maestro.

El primer día de clases apareció un tipo que nos dijo “Yo soy Guillermo y les voy a ditar química”. Creo que nunca olvidaré a ese animal… a los pocos días de empezar a estudiar, conocí a Paola, una vieja de once que me cuadré. Guillermo el “peorfesor” de química, que era su director de grupo empezó a acosarla. La sacaba del salón para “echarle los perros”. Una vez le entregó frente a su grupo una tarjeta, de esas guisas que venden en vitrina móvil de droguería, cuyo mensaje era “Te quiero mucho”.

Durante sus clases llenaba el tablero de formulas que después borraba porque alguien lo corregía. Todos nos moríamos de la rabia, pues nos tocaba tachar casi tres hojas del cuaderno. Hasta yo hice que se diera cuenta de sus errores, tanto en sus operaciones químicas, como en su pronunciación, porque escuchar a alguien diciendo: “este eletrón se encuentra en la sétima casilla del átomo”, no es muy agradable. Todos mis amigos soltaban la carcajada al escuchar con voz aguda “el eletrón” ó “el tasi”.
En la evaluación final empecé a copiarle a un amigo que estaba en frente, porque no entendí ninguna de sus “clases”. Hasta que llegué a una pregunta que sabía pero no me acordaba. Recuerdo que mi mirada se volvió para adentro, sin fijarme en cual dirección apuntaba, resulta que el profesor pensó que le copiaba al compañero de mi derecha, y se me acercó como si fuese a anular mi examen, pero me adelanté a su acción y retiré la hoja del pupitre antes de que me la quitara . Él se dio media vuelta y se fue a atender el llamado de un compañero.

Le pregunté ¿por qué había hecho eso? Me dijo que mi examen estaba anulado por copiarle al de la derecha (el más bruto del salón). Yo le pedí que comparara los dos exámenes pero el muy hijo de la gran… me dijo que me saliera. Iracundo, empecé a insultarlo, a decirle lo “iguazo” que era, lo mal que cumplía su función como pedagogo y a mentarle la labor social que cumplía su madre, hasta que un compañero me calmó.

Fui donde el rector, le expuse los hechos y me contestó “lo entiendo, pero vaya y pídale perdón para que no pase reporte”. “¡¿Perdón?! Yo lo que voy a hacer es ir ya a donde la directora para que me cancele matrícula, porque estoy harto de esta institución”.

Fue mi último día en ese colegio; lloré al recoger los útiles del locker porque no volvería a ver a mis compañeros. Desde entonces, la química me sabe a… eletrón. Espero que ésto lo lean algunos profesores para que no frustren los sueños de otros jóvenes, como pasó conmigo, el científico loco que terminó cambiando la mezcla de los elementos químicos por la de las palabras.

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