El precio de una noche

El precio de una noche

Ilustración: Eduardo Cárdenas

Ilustración: Eduardo Cárdenas

Un placer hecho pesadilla

Al fin conseguía dormir. El cansancio acumulado había surgido efecto: eso, y la pastilla que compré en la farmacia me hicieron caer en un profundo sueño que estaba disfrutando. De repente, se escucha un golpe en la pared que me hace saltar de la cama. Gracias al efecto del fármaco y a las pocas horas de descanso que había tenido últimamente, estaba desorientado; era casi un sonámbulo actuando de manera involuntaria.

Hice una parada en el baño. Con la cabeza gacha, sin mirar al espejo, empapé mi cara de agua y la sequé con una toalla. Me di un par de palmadas en el rostro para despertarme y me dirigí al pasillo para llegar a mi cuarto. Estaba aún muy entorpecido, me prometí no tomar de nuevo pastillas para dormir. Dejé el celular en el baño y pensé regresar por él, pero la sensación de que había caminado durante varios minutos por el pasillo me inquietó. Mis latidos se aceleraron a pesar de que podía observar la puerta de mi habitación: simplemente no llegaba.

Llegué a mi cuarto agitado. Observé una vela en el suelo, no quería levantar mi cabeza porque presentía que la persona que la había puesto ahí me estaba esperando. Llegué a la conclusión de no volver al pasillo, mire hacia al frente y empecé a temblar. Era ella: estaba desnuda de espaldas esperándome en la cama, dejando ver su cabello rubio y su piel blanca.

 

"La tomé por el hombro, y ella empezó a reírse de una manera tan irritante que empecé a sentir pánico."

 

Me acosté a su lado, la tomé por la cintura y empecé a besar los lunares que venían desde la parte baja de su espalda hasta su alargado cuello. Ella, sin voltearse, me tomó con sus manos. Tenía las uñas muy largas y los dedos helados. Me perdí en su ser, la tomé del mentón y entré en su piel. La vela que iluminaba tenuemente el cuarto se apagó y en ese momento sentí sus labios. Luego la agarré con fuerza tratando de controlar la situación.

Me detuve para mirarla, sabía que era hermosa y que desde algún un tiempo la deseaba. Encendí una lámpara que había en el nochero. Estaba de espaldas, así que la tomé por el hombro, y ella empezó a reírse de una manera tan irritante que empecé a sentir pánico. Giró su cabeza y el tiempo se detuvo. Me miró, pero no eran sus ojos, sino dos agujeros negros. Me paralicé, y cuando quise huir, su mandíbula se agrandó, empezó a gritarme y a meter sus dedos en mi boca. Sentí cómo dos navajas me trituraban las entrañas, mientras de mí brotaba sangre que empavonaba su cara haciéndola aún más espeluznante. Sentí que había muerto.

Me desperté en el baño, me miré al espejo, mi piel era más blanca y mis labios eran más grises. Le di poca importancia a los moretones que tenía en mi cuerpo, sólo sentía que algo me faltaba. Pensé en lo sucedido. No estaba asustado, sólo ya no era yo. Le había vendido mi alma a cambio de una noche.

Autor:

Julián Cárdenas