El Rey de las manías

El Rey de las manías

Fotografía: Tudor Costache - www.flickr.com/photos/tudor

Probablemente los psicólogos tengan una definición para aquellos hábitos molestos de los que la mayor parte de la parte de la población es víctima. Sin embargo no podemos negar lo incómodo que es hablar de ellas en público, en especial cuando estas alcanzan niveles tan vergonzosos. 

No suelo quejarme de las manías de la gente, pero se me hace inevitable echar de ver que el esposo de mi tía se rasca la nariz todo el tiempo (Incluso cuando esta está húmeda) y después te aprieta la mano para saludarte. Es un tipo sencillo, buen padre y -aunque no me agrade del todo- muy trabajador, y aún así debe tener un secreto de su pasado que deba ocultar tras un tic nervioso (o al menos eso me gusta pensar). No obstante, es difícil identificar cuando una manía ha llegado muy lejos.

Usualmente no hablo de las experiencias que mis amigos me cuentan, a menos que sea para ayudar a las personas (o reírme de ellas).

Mi mejor amiga tenía un novio que era casi el hombre perfecto: alto, moreno, con cabello castaño y encima de eso con plata. Un buen día, Jenny (mi amiga) decidió llegar por sorpresa a la casa de él y la atendió la hermana mayor que le dijo “espérate un momento voy a ver si está” y cuando volvió, llevó a Jennifer despacito por el corredor y con mucho silencio le mostró que su adorado novio estaba detrás de la puerta de la cocina chupándose el dedo gordo…¡¡DEL PIE!!

Supongo que el muchacho quedó traumatizado después del pequeño sermón que se ganó esa tarde por parte de su hermana y obviamente secundado por mi mejor amiga. Según Jenny “me dio asco seguirlo besando desde ese día y la relación se dañó”.

El ejemplo es tal vez un poco infrecuente, pero podemos aterrizar un poco más los hechos con algunas manías que, debido a que las presenciamos a menudo, las obviamos; como aquellas personas que fuman más de una cajetilla diaria, o quienes se comen las uñas, e incluso las personas que deben mover un pie mientras “se concentran” y en esta última categoría me incluyo, como sé que se incluyen la generalidad de lectores.

Desde mi punto de vista, no es tan relevante dejar un mal hábito como dejar de hacerlo en público; de modo que, un consejo para todas las personas con manías: Si no quieren dejar su vicio, por lo menos síganlo haciendo detrás de la puerta de la cocina.

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