El sapo dorado

El sapo dorado

Foto Juan sebastian bustos

Concentración. Agudeza visual. Músculos tensionados. ‘El primer tiro debe ser perfecto’, es la regla de oro. La tensión se siente en el aire. El competidor  toma posición. Inclina su cuerpo hacia adelante; su pierna derecha le sirve de soporte y la izquierda de equilibrio. Contiene la respiración y hace el lanzamiento, enmudeciendo al público. Vemos cómo el aro dorado sigue una trayectoria perfecta. Pero a pesar de la limpieza, la ejecución y la clara experiencia del jugador, la pieza metálica cae en el orificio de los 20 puntos.  Mejor dicho: No hace moñona.

¿Tanta maricada para eso? – Le grita uno de los competidores. –¡Ya sabe viejo Pancho: chico jugado, chico pagado! –  Reímos. No estamos en un estadio Olímpico, sino en la Taberna La Esmeralda , ‘atendida por su propietario’, del Barrio Obrero.

Soy el más novato de la competencia, ‘el rookie’. Se puede notar en mi delgada figura que aún no ha trabajado la corpulencia redonda de los experimentados, que se preparan todos los días en el bello arte de levantar la botella y masticar chicharrón. Por eso, soy el centro de atención. Sin embargo, su respeto gané, porque apenas crucé la puerta de la taberna –en la cual esquivé a dos abuelitas muy simpáticas que querían abrazarme–- me bautizaron como el  ‘Cabeza de motor’.

Después de ver la agilidad de sus tiros y de los gritos de guerra combinados con recordatorios a sus progenitoras, llega mi turno. Don Rigoberto, el ‘Sensei’, me pasa los diez anillos. Lo hago mal: sólo 10 puntos. Él me dice que es porque mi muñeca está atrofiada, tal vez porque la uso en algún movimiento repetitivo de arriba-abajo-abajo-arriba, y yo le contesto que ¡claro!, porque todos los días practico las maracas. Todos ríen. No entiendo por qué.

Pancho regresa a la línea de lanzamiento. Debe demostrar que la inversión a este deporte vale la pena;  lo miro con admiración, mientras me zampo otra cerveza y engullo un huevo cocido –su proteína-. Una canción de Darío Gómez lo vitaliza y lanza el aro con una pasión deportiva que no he visto ni en la Isinbayeva.

Grito ahogado: da en el blanco.

Aplausos. Le decimos ‘maricón, pura chepa’ y le damos el dinero de la apuesta. No hay medallas, ni tarima. Sólo otra ronda de cerveza que se equilibra en la superficie de una mesa y tal vez un olvido momentáneo de aquella vida triste que todos llevamos por dentro y que disfrazamos con un cajón lleno de huecos y una rana metálica con la boca abierta.

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