Teacher o taxista: Doctorado en experiencia

Teacher o taxista: Doctorado en experiencia

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¿Qué sería de nuestra vida si nuestros amigos taxistas, multiformes personajes de acentos, colores y sabores distintos, no hicieran parte fundamental de nuestro proceso educativo criollo?

Y es que a más de uno le ha tocado la charla sobre responsabilidad sexual, acompañada de los dos, tres y hasta cuatro hijos rotocondonianos; o el Kamasutra a lo caleño, con los nombres más criollos que van desde el perrito, al salto del tigre; y es que parece no haber un colombiano que no haya pagado en una carrera de ocho mil pesos promedio, una clase de sexualidad y de ‘ñapa’ una base de datos bien organizada de los moteles de la ciudad, con asesoría abordo para una ‘buena decisión’, tomando en cuenta variables como el lujo y la plata.

Por otro lado, sirven de confidentes, ponentes y filósofos, ofreciendo solución a esa picazón de lengua típica de nuestra sociedad, que solo necesita un: ¿para dónde?, para desahogarse; más si lo que se quiere es criticar, no hay mejor compañía que la de un ser que conoce la movida en Cali, que escucha distintos puntos de vista (a veces sin opción) y sirve de reproductor y retroalimentador de contenido, así como de puente a nuestra realidad.

Cualquier cosa se puede averiguar en un carrito amarillo de esos, y si no se saben la info, ‘se le tiene’ una pequeña red de comunicación radial, donde la solidaridad resolverá la inquietud. Sus repertorios son amplios, inclusive las anécdotas están catalogadas según el tema: si quiere tragedia, la vez que llevó a un herido a la clínica; si quiere romance, la vez que una pareja se ennovió en la parte trasera, si quiere culebrón, la vez que le pillaron los cachos al man y se armó la de Troya; o si quiere realidad nacional, lo jodido que se encuentra el gremio.

Resulta pintoresco, pero estas personas hacen parte del patrimonio nacional, no porque nos transporten sino porque son tan criollos como nosotros; nos enseñan de música, sea al son de Giovanny Ayala, Niche, o la profunda voz de algún locutor de turno; también nos hablan de moda y diseño de interiores, porque son los únicos capaces de dar un toque chic a su carro, con decoraciones caninas, luces de neón, peluche en el volante y calcomanías irónicas; acompañado claro está, de un estilo complementario sea con la cadena de oro, las gafas de sol, el peinado con exceso de gel o una pinta casual.

Sea como sea, además de transportarnos y orientarnos hacen parte de esa maraña social a la que todos pertenecemos, ayudando a dibujar el imaginario de la cotidianidad de los trayectos colombianos. Por eso, mis amigos taxistas, ¡gracias! De todo corazón, porque me han enseñado de planificación, narrativa, farándula, negocios, contaduría, sexualidad y economía; además de humildad, entusiasmo y ganas de salir adelante. Entre otras cosas, valiéndose de esos patios traseros de nuestra nacionalidad, donde representan la consolidación de la colombianidad en un automóvil, con transparencia extrema, ‘sin pelos en la lengua’, junto con carisma y atrevimiento; sirviendo así de reflejos socio-culturales de uno de los entornos clave de la educación mestiza callejera, interiorizada en cada uno de los habitantes de la ciudad.

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